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Full text of "La extraña aventura de Martín Pequét : comedia en cuatro actos"

4 4 8 ;-¡ 

La extraña aventura 
de Martín Pequét 

COMEDIA EN CUATRO ACTOS DE 

PIERRE CHAINE 

VERSIÓN CASTELLANA DE 

ENRIQUE F. GUTIÉRREZ-ROIG y LUIS DE LOS RÍOS 




MADRID 
IMPRENTA DE RAFAEL CARO RAGGIO 

MEND1ZÁBAL, 34 
19 2 2 



V 



Digitized by the Internet Archive 

in 2012 with fu.nding from 

University of North Carolina at Chape! Hill 



http://archive.org/details/laextraaaventura25312chai 



LA EXTRAÑA AVENTURA 
DE MARTÍN PEQUÉT 



Esta obra es propiedad de su autor, 
y nadie podrá, sin su permiso, reim- 
primirla ni representarla en España ni 
en los países con los cuales se hayan 
celebrado, o se celebren en adelante, 
tratados internacionales de propiedad 
literaria. 

El autor se reserva el derecho de 
traducción. 

Los comisionados y representantes 
de la Sociedad de Autores Españoles son 
los encargados exclusivamente de con- 
ceder o negar el permiso de represen- 
tación y del cobro de los derechos de 
propiedad. 



Droit de representation, de traduc- 
tion et de reproduction reserves pour 
tous les pays, y compris la Suéde, la 
Norvége et la Hollande. 



Queda hecho el depósito que marca 
la ley. 



COPYRIGHT 

E. F. GUTIERREZ-ROIG Y LUIS DE LOS RÍOS 

19 2 2 



Este ejemplar, impreso exclusivamente para el servi- 
cio de los Teatros, se vende al precio 
de TRES pesetas. 



La extraña aventura 
de Martín Bequét 

COMEDIA EN CUATRO ACTOS DE 

PIERRE CHAINE 

VERSIÓN CASTELLANA DE 

ENRIQUE F. GUTIÉRREZ-ROIG y LUIS DE LOS RÍOS 

Estrenada, con gran éxito, en el teatro Rey 
Alfonso, de Madrid, el día 31 de Marzo de 1922. 




MADRID 
IMPRENTA DE RAFAEL CARO RAGGIO 

MEND1ZÁBAL, 34 
19 2 2 



PERSONAJES 



Luisa Hortensia Gelabert. 

Madame Pequét Nieves Suárez. 

Alicia Margarita Gelabert. 

Madame Bubié Virginia Alverá. 

Magdalena Mercedes Prendes. 

Rosa Carmen Armenia. 

Martín Pequét Emilio Thuillier. 

Catabar Julio Villarreal. 

Pablo Maximino Fernández. 

Bubié Juan M. Román. 

Ernesto Juan Aguado. 

León Juan Orduña. 

Julio Luis Barraycoa. 

Germán Juan de Terry. 



La acción del primero, tercero y cuarto actos, en Vaucressón ; la del 
segundo acto, en París. Derecha e izquierda, las del artista. 



ACTO PRIMERO 



El salón de los señores de Martín Pequét, en su hotel de Vaucressón. 

Al foro, un gran ventanal que da sobre el jardín. A la derecha, en 

segundo término, y a la izquierda, en el primero, puertas. Teléfono. 

Muebles antiguos. Bibelots y tapices. 



ESCENA PRIMERA 
Mme, Bubié, Bubié y Germán. 

Gek. (Al levantarse el telón entra Germán acom- 
pañando a los señores de Bubié.) Tengan us- 
tedes la bondad de pasar. Avisaré en seguida 
a los señores. (Se va por la izquierda.) 

M. Bub. {A media voz) ¿Me dejarás hablar a mí? 

Bub. ¿Por qué? ¿Tienes miedo de que yo lo haga 
mal? 

M, Bub. No; pero es lógico que tome yo la palabra 
tratándose de mi hija. 

Bub. También es hija mía. 

M. Bub. Pero yo soy su madre. Y tú no eres nada 
más que su padre. 

Bub. ¿Y no te parece una razón suficiente? 

M. Bub Si nuestra hija fuese un hombre, llevarías tú 
la voz cantante; pero como se trata de una 
mujer... 

Bub. Bueno. Habla tú, entonces...; pero no hables la 

primera. Los Pequét son los que han tenido la 
idea de este matrimonio, y conviene que sean 
ellos los que suelten prenda, y, sobre todo, 
que no vean un interés exagerado por nuestra 
parte. 



660038 



— 6 — 

M. Bub. No soy tonta, y sabré defender a mi hija. Tres 
veces ha estado a punto de casarse, y... 

Bub. A ver si a la cuarta va la vencida. 

M. Bub. ¿Cuánto le daremos, por fin, de dote? ¿Tres- 
cientos mil francos? 

Bub. ¡Tú estás loca! Daremos sólo doscientos mil. 

Magdalena es demasiado bonita para no aho- 
rrarnos cien mil francos. 

Ger. [Por la izquierda.) El señor no está en casa, 
pero la señora viene en seguida. 

Bub. ¡Gracias! {Germán va hacíala derecha) 
¡Oiga usted...! 

Ger. El señor dirá. 

Bub. Haga el favor de echar una miradita de vez en 

cuando a nuestro coche; el caballo es muy 
nervioso y... 

Gkr. Ya estaré al cuidado. (Vase derecha.) 

Bub. Puede que hayamos hecho mal viniendo por 

la mañana. 

M. Bub. ¿Por qué? Esto es una cosa muy natural en el 
campo. Hemos salido a dar un paseo en el 
tílburi por el bosque, y al pasar por delante 
de la casa de tan buenos amigos, tenemos el 
gusto de saludarles. Así no tiene carácter de 
visita oficial nuestra presencia aquí, y puede 
parecer una cosa casual. 

Bub. Tienes razón. 

M. Bub. Y dime: ¿esta gente es muy rica? 

Bub. ¡Ya lo creo! Pequét tiene una fortuna que no 

baja de doscientos mil francos de renta al año. 

M. Bub. ¿Y todo ese dinero lo ha hecho siendo editor? 

Bub. Todo; y eso que aseguran que ha sido un edi- 

tor honrado, y toda su vida un hombre de bien 
a carta cabal, cosa bien rara en los de su oficio. 

M. Bub. Y todo irá a parar a manos de su sobrino? 

Bub. Desde luego. Como el matrimonio no tiene 

hijos... 



7 



M. Bub. Una sola cosa me preocupa de ese muchacho. 

Bub. ¿El qué? 

M. Bub. Que le gusta mucho divertirse y es poco pre- 
visor. Debiera venir aquí con más frecuencia, 
cultivar a su tía. Eso es importantísimo. 

Bub. Cuando se case con Magdalena ya verás 

cómo ella sabe dirigirle y gobernarle. ¡Ejem...! 
Cuidado... 



ESCENA II 
Dichos y Mme. Pequét. 

M. Peq. {Por la izquierda.) ¡Muy buenos días, mis 
queridos amigos! [Besos y saludos.) Cuánto 
va a sentir mi marido no haberles podido salu- 
dar. Salió esta mañana muy temprano. ¡Qué 
lástima que tampoco esté mi sobrino! 

M. Bub. ¿Pablito está todavía en París? 

M. Peq. No. Vino ayer noche; ha salido a dar un pa- 
seo a caballo. Pero puede que vuelva pronto. 
¿No se sienta usted, señor Bubié? Perdonen 
ustedes que les haya hecho esperar. 

Bub. La espera ha sido muy grata, porque hemos 
estado admirando estas nuevas adquisicio- 
nes... 

M. Bub. Pequét tiene un gusto tan exquisito y tan de- 
purado... Cuando uno no tiene hijos puede 
permitirse esos lujos. 

M. Peq. ¡Ah! ¡Los hijos! Esos son los que adornan una 
casa. ¡Pero, desgraciadamente, los hijos no se 
pueden comprar! A propósito, ¿no les ha dicho 
a ustedes nada Mme. Duval? 

M. Bub. ¿Acerca de Magdalena? 

M. Peq. Sí, ella se encargó de indicarles a ustedes... 

M. Bub. En efecto; Mme. Duval nos ha hablado de Pa- 



blo; ¿recuerdas, el otro día en las carreras...? 

Bub. Sí, sí, algo recuerdo; nos habló, sí, nos habló 
de su sobrino de usted. 

M. Peq. ¿Y qué han decidido ustedes sobre el par- 
ticular? 

M. Bub. Nosotros no queremos ejercer ninguna pre- 
sión sobre Magdalena. 

Bub. Nosotros en ese asunto queremos dejar abso- 
lutamente libre a nuestra hija. 

M. Peq. ¿Pero le han preguntado ustedes, al menos, lo 
que ella piensa? 

M. Bub. Yo le hablé, incidentalmente, de Pablo, y con 
toda la reserva que el asunto requiere, y al 
parecer no se mostró hostil... No obstante, es 
preciso que la chica reflexione, que conozca 
mejor a su pretendiente, si es que podemos 
llamarle así, ¿no es eso? 

M. Peq. Pero si ya se conocen; si han jugado juntos de 
pequeños. 

Bub. Pero dejaron de verse, y tienen que renovar 
su amistad. 

M. Bub. Si usted quiere buscaremos una primera entre- 
vista en un baile que podemos organizar. 

M. Peq. Está bien; se lo diré a mi marido, y ya que 
hablamos de este asunto — hay que tratarlo 
todo, mis queridos amigos — , ¿qué dote pien- 
san ustedes dar a su hija? 

Bub. ¡Psch! Ciento cincuenta mil francos. 

M. Peq. El padre de Pablo esperaba bastante más. 

M. Bub. Cuente usted con que mi cuñada la solterona 
está enferma, muy enferma, no tiene más so- 
brina que Magdalena, y mi pobre hermano, 
aunque aún es joven, tampoco está para vivir 
mucho. {Entra Germán por la derecha?) 

M. Peq. ¿Qué quiere usted, Germán? 

Ger. El caballo de los señores se impacienta. ¿Lo 
desengancho? 



_ g — 

Bub. No; nos vamos ahora mismo. Una buena tro- 
tada le calmará. (Se levanta.) 

M. Peq. ¿Se van ustedes tan pronto? 

M. Bub. Sí, Luisa, ya hablaremos de todo esto más 
despacio. Y dígale usted a su esposo todo lo 
que hemos sentido no haberle saludado. 

M. Peq. Martín lo sentirá muchísimo. {Se van hacia 
la puerta)} Y Pablo también. 

Bub. No se moleste en acompañarnos. Conocemos 
bien el camino. 

M. Peq. No importa. 

M. Bub. De ninguna manera. ¡Hasta otro día! (Se van 
Bubié y su mujer por la derecha)) 

M. Peq. ¡Un beso a Magdalenal 

M. Bub. (Dentro)) ¡Gracias! (Mine. Pequé t va hacia el 
ventanal, lo abre y se asoma.) 

M. Peq. Hasta la vista. ¡Y que sea pronto! Que siga el 
paseo sin novedad... ¡Adiós! ¡Gracias! (Cierra 
el ventanal, atraviesa la escena y abre la 
puerta de la izquierda)) 



ESCENA III 
Mme. PequjIt y Martín Pequét. 



M. Peq. Ya se han ido. Puedes salir. 

Mart. Sí que han tardado. ¿Qué han dicho de nuevo? 

M. Peq. Parecen deseosos de que se lleve a cabo el 
matrimonio. Pero te advierto que no dan a su 
hija nada más que ciento cincuenta mil fran- 
cos de dote. 

Mart. ¡Bah! Lo esencial es que los muchachos se 
gusten y se quieran. 

M. Peq. Tenemos que preparar antes algunas entrevis- 
tas en terreno neutral para que vayan cono- 
ciéndose. 



— 10 — 



Mart. ¿A ti no te parece que Pablo es todavía joven 
para casarse? 

M. Peq. {Mirando a su esposo con aire de reto) Los 
maridos jóvenes son los que tienen los hijos 
más hermosos. 

Mart. Quien te oyese creería que yo me casé siendo 
un anciano. [Bromeando) Tenía poco más de 
treinta años, y no - era feo, y era muy formal. 

M. Peq. ¡Lo que es esol... No te dejaban pensar en el 
matrimonio todos los enredos que tenías en- 
tonces. 

Mart. No digas tonterías, yo he sido siempre... 

M. Peq. Basta; no detallemos. ¡Un hogar sin hijos! No 
puedo resignarme a nuestra soledad. 

Mart. Yo sufro por lo menos tanto como tú cuando 
pienso en ello. 

M. Peq. Y pensar que al casarnos tomamos un piso 
con habitaciones de más, para cuando nues- 
tros hijos fuesen mayores. 

Mart. Puede que esa excesiva previsión nos haya 
traído la mala sombra. 

M. Peq. ¡Si hubiésemos tenido un hijo siquiera! 

Mart. ¡O una hija! 

M. Peq. ¡O las dos cosas! 

Mart. Hemos de consolarnos pensando en que tene- 
mos a Pablo; un sobrino es casi un hijo. Pero 
a mi sobrino no le vemos casi nunca. Es ló- 
gico que prefiera París para divertirse con sus 
amigos. 

M. Peq. Pues me disgusta que no prefiera estar con 
nosotros. 

Mart. A mí, también, pero hay que resignarse. Mira, 
ahí le tienes. {Entra Pablo por la derecha) 



— II — 

ESCENA IV 
Dichos y Pablo. 

¡Hola, tiíta! ¡Buenos días, padrino! 
¡Hola, madrugador! [Le abraza.) ¿Y qué? ¿Vas 
a quedarte con nosotros unos días? 
¡Oh! ¡Imposible! Me voy mañana. 
Pero, hombre, ¿no te puedes pasar siquiera tres 
días a nuestro lado? 

Es que tengo mañana una cita con... un 
señor. 

Que venga aquí quien sea. 
No, no, tía; no es posible. Pero te prometo ve- 
nir la semana que viene, y pasarla enterita 
con vosotros. 
Siempre dices lo mismo. 

Déjale; ya vendrá cuando quiera. ¿Qué tal el 
el paseo? 

Delicioso. ¿Y a que no sabéis a quién me he 
encontrado. 
¡Qué sé yo! 

A los Bubié, que, según me han dicho, han 
estado aquí. Iba guiando el marido, y el caba- 
llo galopaba como una cebra. 
¿Se han detenido para hablarte? 
Vaya..., y hemos ido juntos un momento. No 
sé lo que le pasaba a madame Bubié; no la 
he visto nunca tan amable. 
Tendrás una buena suegra en ella. 
No cabe duda de que será para ti la menor 
cantidad posible de suegra. Alégrate. 
¡Ah! ¿Pero habláis en serio? ¿Seguís con ese 
proyecto de matrimonio? 
Con más interés que nunca. 



— 12 — 



Pab. ¡Qué horrorl 

M. Peq. ¿Te da miedo Magdalena? 

Pab. No; me da miedo el matrimonio. 

M. Peq. Magdalena es una muchacha preciosa, distin 
guida, inteligente. 

Pab. No digo que no; pero si lo que yo quiero es 

no casarme, tiíta. No se puede casar a la gen 
te a la fuerza. Eso es una tiranía. 

M. Peq. Sé razonable. Comprende que es por tu bien; 
nosotros tenemos que mirar por tu porvenir 

Pab. Querida tía; repara en que cada vez que ven- 

go a veros me habláis de matrimonio. Me pa 
rece que no es ese el mejor medio de retener 
me en esta casa. 

M. Peq. ¡Bah! Eso es un pretexto para marcharte, y 
nada más. 

Mart. (A su mujer). Permíteme. Voy a decirle dos 
palabras aparte. (A Pablo.) Ven aquí. (Le 
lleva a un lado de la escena.) Cuando no 
quieres casarte, es que tienes algún enredo 
que te impide hacerlo. Confiésamelo. 

Pab. Padrinito: le juro a usted que no tengo nada 

que me sujete. Vuelo de flor en flor, y ya sabe 
usted que eso no compromete a nada. 

Mart. Lo sé. Sin embargo, ¿tú tendrás intención de 
casarte algún día? 

Pab. Desde luego, esa es mi intención, y pienso en 

ello con frecuencia, y por es© me digo: Apro- 
véchate ahora, mientras estás soltero. 

Mart. Bueno, ¿pero por qué no aceptas al menos, el 
noviazgo? Eso no te obliga a mucho y nos das 
gusto a todos. 

Pab. ¡Ah! No siendo más que el noviazgo, sin com- 

prometerme a más... 

Mart. Aceptas ¿verdad? 

Pab. Sí, señor. 

Mart. ¿Ya lo ves, Hortensia? Pablo acepta el noviazgo 



— 13 — 

Lo único que te ruego, si llegas a casarte, es 
que no hagas lo que nosotros. No alquiles 
un piso con habitaciones demás. Las habita- 
ciones se quedan vacías y los hijos no vie- 
nen. [Entra Germán con u?ia tarjeta en una 
landejitá.) 

¡Hortensia! Te suplico... 
Señor. 

¿Qué quieres? 

Este caballero, que desea ver al señor. Está 
esperando en el saloncito. 
(Cogiendo la tarjeta y leyéndola.) ¡Ah, sí! 
Es el que me telefoneó hace media hora. ¿Qué 
querrá? 

Pronto puedes saberlo. Vamonos, Pablo, y tú 
despacha pronto esa visita. Ya sabes que hoy 
tenemos un timbal suflé en el almuerzo y es 
un plato que no admite espera. 
Pierde cuidado, que si es un pelma, pronto le 
despacho, y comeremos en seguida. (Se van 
Hortensia y Pablo por la izquierda y una 
vez que Martin está solo, vuelve a leer la tar- 
jeta, y luego va hacia la izquierda?) 



ESCENA V 
Martín y Catabar. 



¿Quiere usted hacer el favor de pasar, caballe- 
ro? (Entra Catabar silenciosamente, con una 
carpeta debajo del brazo. Es un tipo no 
mal vestido, pero con el traje muy usado. 
Lleva barba a lo Enrique IV.) Tenga usted 
la bondad de sentarse. 
¡Gracias! 
Usted dirá. 



14 



Cat. ¿El señor Martín Pequét? 

Mart. Servidor de usted. ¿A qué debo el gusto de su 
visita? 

Cat. (Con misterio.) ¿Estamos lo suficientemente 
aislados en este salón para que nadie pueda 
oír lo que hablamos? 

Mart. Puede usted hablar lo que guste. Nadie, mas 
que yo, le oye a usted. 

Cat. ¿No habrá alguien en esa habitación de al 
lado?, porque le prevengo a usted que desde 
allí se oye todo lo que aquí se habla. Hace un 
minuto he oído que decía usted: Si es un pel- 
ma, pronto le despacho. 

Makt. Ha oído usted mal, pero en todo caso, no me 
refería a usted. ¿De qué se trata? 

Cat. (Sentándose.) Se trata de un asunto que le 
interesa mucho, de un asunto poco agrada- 
ble, de un asunto molesto, en una palabra. 

Mart. Caballero: si tiene usted que decirme alguna 
cosa, por desagradable que sea, le ruego que 
me la diga sin rodeos. 

Cat. Sea. ¿Hace usted el favor de enterarse de 

esto? (Le da un papel azul.) 

Mart. ¡Ah! ¿Una citación judicial? 

Cat. No, señor. Esto es un simple proyecto que yo 
le comunico oficiosamente antes de entregár- 
selo al abogado señor Carol. Tenga usted la 
bondad de leerlo. 

Mart. (Poniéndose los lentes y leyendo.) «El día 20 
de octubre de 192 1, a requerimiento de la se 
ñorita María Rocher, la cual ha elegido domi- 
cilio de depósito, y constituye y nombra abo- 
gado en el bufete y en la persona de Mr. Ca- 
rol, abogado del Tribunal civil del Sena, el 
cual la representa para los siguientes fines: 
Responsabilidad de los hechos que se dedu- 
cen de las declaraciones de la demandante y 



15 — 



aplicación del artículo 340 del Código civil, 
por virtud del cual (Muy netamente.) dicho 
señor Martín Pequét será declarado padre de 
la requirente con todas las consecuencias jurí- 
dicas.» (Deja de leer y se queda muy asom- 
brado^) ¿Qué quiere decir esto? De modo que 
según este documento... 
Está usted incurso en lo que en el argot cu- 
rialesco llamamos un pecado de juventud. 
¡Pecado de juventud! ¿Y esta señorita pretende 
que yo soy su padre? 

Ño sólo lo pretende..., sino que ofrece probarlo. 
Señor mío: yo no he tenido nunca hijos, ni 
bastardos, ni legítimos. 
¿Está usted bien seguro? 
Completamente seguro. Usted es víctima de 
una broma de mal gusto. 
No hay tal broma, señor Pequét. Tengo las 
pruebas de lo que digo. 
Infórmese usted mejor y reconocerá que (Se 
levanta.) está usted completamente equivo- 
cado. Perdone. Siento no poder dedicarle más 
tiempo. 

(Sin levantarse.) ¿Prefiere usted que vuelva 
mañana? 

¿Mañana? ¿Para qué? 

Porque así tendrá usted tiempo de examinar 
todos los documentos que traigo y escuchar 
todas mis explicaciones, ya que ahora tiene 
usted prisa. 
¿Insiste usted? 

Perdóneme, caballero, pero no es éste el pri- 
mer asunto del mismo género que trato; y 
debe usted suponer que no puedo arriesgarme 
a dar un paso tan comprometido como el que 
doy con esta visita, sin poseer la certeza de lo 
que digo. 



— i6 — 

Mart. Pero, en suma, usted, ¿quién es? 

Cat. He tenido el honor de pasarle a usted mi tar- 
jeta: Soy Antonio Catabár, doctor en Derecho. 
Agente de negocios, colegiado. Investigaciones 
sobre herencias y paternidades. Bulevar Or- 
nano, tres. 

Mart. Pues bien, señor Catabar, si usted llega a pro- 
barme que yo soy^el padre de... 

Cat. Me será sumamente fácil, porque tengo preci- 
sos testimonios y documentos auténticos que 
prueban de un modo fehaciente que usted vivía 
con la madre de esa muchacha en la época de 
su concepción, y si usted lo desea, puedo en 
este mismo momento enseñarle a usted algu- 
nos de ellos. {Registra en su carpeta.) Como 
es natural, todo esto es de su época de soltero. 

Mart. (Bajando la voz.) De soltero sólo tuve nada 
más que una intriguilla sin importancia. 

Cat. Con una florista. 

Mart. [Asombrado.) De flores artificiales, sí señor. 

Cat. Que se llamaba Marta Rochér. 

Mart. Rochér... Rochér... Sí, creo que se llamaba 
Marta Rochér. 

Cat. Se separaron ustedes amistosamente pocos 
meses antes de que usted contrajera matrimo- 
nio, y no ha vuelto usted nunca a ver a esa 
señorita. 

Mart. Exacto. Al separarnos convinimos hacernos 
cuenta de que no existíamos ni el uno ni el 
otro, y ella supo cumplir su palabra, porque 
no he vuelto jamás a tener noticias suyas. 

Cat. Por pura delicadeza, señor, porque transcurri- 
dos escasamente ocho meses después de su 
último adiós, Marta dio a luz una niña. 

Mart. Pero, ¿cómo no me lo notificó? 

Cat. Había usted ya firmado sus esponsales, le es- 
peraba a usted un brillante porvenir, y cual- 



17 



quier indiscreción de Marta hubiese sido fu- 
nesta para usted, y no quiso entorpecerle a 
usted su vida. Con el dinero que usted le dio 
generosamente el día de la ruptura, Marta 
marchó a Inglaterra y abrió en New Castle 
una tiendecita de flores. 
¡Oh, sí! Recuerdo que ese era su sueño dora- 
do. ¿Y qué es de ella? 

Ha muerto. Murió cuando su hija tenía dos 
años. Aquí tiene usted el acta de defunción 
de la madre. Y aquí tiene usted la fe de bau- 
tismo de la hija, firmada por el cura párroco 
de la iglesia de San Pablo, de New Castle. 
(Cogiéndolos y leyéndolos.) Están en inglés. 
{Buscando en la carpeta?) Aquí tiene usted la 
traducción. 

No hace falta. Sé inglés. (Corta pausa mien- 
tras lee.) 

Aquí tiene usted varias cartas, que son docu- 
mentos irrecusables. 

{Cogiéndolas?) ¡ Sí, sí, cartas mías, cartas de 
ella...! ¡Pobre Marta! 

Vea usted una fotografía donde están ustedes 
retratados juntos; en el respaldo hay una 
fecha y una dedicatoria. (Le da una foto- 
grafía.) 

«A mi Tintín adorado». Este Tintín era yo. 
¡Tintín! ¡Qué lejos está todo esto! (Mirando 
el retrato.) 

¿Quiere usted conservar esa fotografía? 
No, no, podría olvidárseme en un bolsillo y 
motivar un disgusto matrimonial. {Se la de- 
vuelve?) 

Comprendo perfectamente ese escrúpulo y la 
situación en que está usted colocado. Esto es 
lo que me ha decidido a visitarle. 
¡Mi hija! jMi hija! Me parece imposible, y yo 



— 18 — 

no puedo admitir esta paternidad, que sólo se 
basa en documentos, en conjeturas. 

Cat. No me sorprende el estado de su espíritu. De- 
cirle a uno que tiene un hijo de veinte años, 
sin saberlo, justifica la duda de ser padre. Las 
pruebas están aquí, y el asunto es clarísimo; 
pero me conviene hacerle notar a usted que 
lo único que yo .quiero es evitar un escán- 
dalo, y si... 

Mart. ¿Pero usted qué es lo que me propone? 

Cat. Una conciliación. En casos como el presente, 
algunos clientes, la inmensa mayoría, han 
arreglado el asunto dando una pequeña can- 
tidad, diez, quince o veinte mil francos por la 
restitución de todos los documentos y papeles 
comprometedores. Y esto es lo que yo le pro- 
pongo a usted. (Pausa.) A no ser que usted 
prefiera correr los riesgos de un pleito. 

Mart. (Después de una pausa.) ¿Usted está de 
acuerdo con su cliente? 

Cat. ¡Por Dios, caballero! Esa muchacha ignora to- 

davía que tiene padre. He querido hablar con 
usted primero para evitar indiscreciones. Yo 
me comprometo a que su hija de usted acepte 
todas las condiciones que nosotros acordemos. 

Mart. (Midiendo sus palabras^) ¡Ah! Se trata, pues, 
de explotar en favor de usted... 

Cat. Caballero: usted me ofende. Yo no he pensa- 
do nunca en hacer de esto un negocio; yo úni- 
ca y sencillamente encuentro injusto que esta 
infeliz muchacha viva en la pobreza cuando a 
usted, que es su padre, le es tan fácil soco- 
rrerla. La fortuna de usted no se compromete 
con ello, porque veinte mil francos... 

Mart. ¿Veinte mil francos? ¿Esa es la cifra en que us- 
ted me ha tasado? 

Cat. Sí, señor. Y es urgente resolver a fin de que la 



19 



muchacha no tenga tiempo de consultar el 
caso con otro abogado. {Cerrando su carpe- 
ta?) Si usted me da su consentimiento, hoy 
mismo la daré cuenta de nuestras proposicio- 
nes, y mañana le traeré a usted la respuesta. 
(Se levanta.) Y si no manda usted nada 
más... 

Espere usted, no se vaya todavía; tengo abso- 
luta necesidad de serenarme, de recobrar mi 
sangre fría. Aun estoy bajo los efectos de la 
sorpresa. 

Reflexione usted todo el tiempo que quiera. 
¿De modo que usted cree...? ¿Usted cree...? 
¿Será posible? ¿Un hijo? ¡Una hija de veinte 
años! ¿Y en qué situación se encuentra esa 
criatura? 

La señorita Rochér, su hija de usted, está de 
maniquí en un taller de modistas de París. 
¿Y su conducta es intachable? ¿Es buena, es 
honrada? 

Confieso que no me he preocupado de ello; 
pero eso a usted ¿qué puede importarle? 
(Después de una pausa dice muy solemne- 
mente?) Señor Catabar: si tengo una hija de la 
cual no pueda avergonzarme, no renegaré de 
ella, y si desgraciadamente ya fuera tarde para 
protegerla contra las tentaciones del mundo, 
aseguraré al menos su porvenir. 
(Sorprendido y molesto?) Muy bien, caballe- 
ro. ¡Bravo! Confieso que no esperaba esta ex- 
plosión de paternidad. Por regla general mis 
clientes se han apresurado a evitar el escán- 
dalo, y yo pensé que usted haría exactamente 
lo mismo. 

Me juzgó usted muy mal. 
Ya lo veo; sin embargo, piénselo usted bien: 
no se deje arrastrar por un impulso generoso, 



— 20 — 



medite en las complicaciones posibles. Yo creo, 
estimo y considero que con un socorro en 
• metálico, contante y sonante, cumple usted a 
conciencia con su deber. Es la mejor manera 
de liquidar un pecado de juventud. 

Mart. Señor Catabar; los azares de la vida le han 
traído a usted a esta casa. Si esa joven es ver- 
daderamente mi hija, no puedo en conciencia 
abandonarla, y no me consideraré absuelto de 
ese pecado de juventud, como usted lo llama, 
dándole a esa niña una limosna anónimamen- 
te. Usted va a proporcionarme una entrevista 
con ella; quiero conocerla; así podré juzgarla 
y trazaré mi conducta. ¿Cuándo puedo ver a 
mi... a esa muchacha? 

Cat. (Con mal humor.) Le confieso que no había 
previsto este caso, y para responderle a usted 
necesito consultar el asunto con ella. 

Mart. No hay necesidad de prevenirla. No quiero 
que ella sepa quién soy. 

Cat. Es muy delicado lo que usted me pide; por- 
que si le pongo a usted al habla con ella .. 

Mart. No tema usted nada; no perderá usted ni un 
céntimo de sus honorarios. Dígame solamente 
dónde puedo verla. 

Cat. Antes necesito recoger un indicio; y si usted 

me lo permite iré a telefonear. (Se levanta y 
se dispone a irse) 

Mart. Puede usted hacerlo desde aquí mismo. {Se- 
ñalándole) Ahí tiene el aparato a su dispo- 
sición. 

Cat. No sé si debo... porque el secreto profesio- 
nal... 

Mart. Está bien. Voy a dejarle a usted solo todo 
el tiempo que necesite. Llámeme usted cuan- 
do termine. 

Cat. Dos minutos solamente. Muchas gracias. (Mar- 



21 



Un se va por la izquierda, y C alabar se cer- 
ciora de que ?iadie puede espiarle; mira todas 
las puertas y luego llama en el teléfono.) 



ESCENA VI 

Catabar. 

(En el receptor.) Señorita... Trudaine, cuatro 
cuarenta y dos. Sí, señorita. {Mira con circuns- 
pección alrededor suyo.) ¿Eres tú, Ernesto?... Sí, 
soy yo, Catabar. {En voz baja) Esto marcha 
muy bien. Pero lo malo es que este... señor, se 
siente papá de veras. {Pausa.) Sí, quiere nada 
menos que ver a esa hija que le hemos fabri- 
cado. {Pausa.) ¿Qué hacemos? (Pausa.) ¿Re- 
nunciar al negocio? ¡Eso, nunca! ¿No podrías 
encontrarle una hija cualquiera? De aquí a 
mañana bien puedes... El caso es sacar unos 
cuantos billetes. {Pausa.) Nosotros no arries- 
gamos nada. ¿Qué dices? ¿Que somos unos 
sinvergüenzas? Con patente, no te quepa duda. 
(Pausa.) No te rías. ¿La buscarás? Bueno, en 
seguida voy a verte. {Cuelga el receptor.) {Va 
hacia la izquierda.) Señor Pequét, estoy a su 
disposición. {Entra Martín Pequét en se- 
guida.) 

ESCENA VII 
Pequét y Catabar. 

Iart. ¿Qué ha decidido usted? 
Cat. Acabo de enterarme que su hija come en un 

modesto restaurant de la calle Tholozé; el 
dueño se llama Ernesto Turbért. 



— 22 



Mart. 
Cat. 



Mart. 

Cat. 

Mart. 

Cat. 

Mart. 

Mart. 

Cat. 



Mart. 



Cat. 

Mart. 
Cat. 

Mart. 

Cat. 

Mart. 



Cat. 

Mart. 



Yo encontraré el restaurant. 
Vaya usted al mediodía; yo estaré allí y le en- 
señaré la muchacha. Nos sentaremos en una 
mesa próxima a la de ella, y podrá observarla 
a su gusto. 

¿Dice usted que mañana mismo? 
Mañana, sí señor. 

Cuanto antes. ¿En dónde nos vemos nosotros? 
En el mismo restaurant, a las doce y media, 
Perfectamente. 

Hasta mañana a las doce y media. 
Antes de despedirnos permítame usted que le 
diga cuánto celebro y cuánto me felicito por 
haber encontrado un hombre de tan buen co- 
razón, de tan recta conciencia y de tanta 
lealtad. 

Señor Catabar: no hago nada más que cum- 
plir con mi deber, un deber que puede tras- 
tornarme la vida, pero que no me es desagra- 
dable. Era para mí un gran sentimiento no te- 
ner hijos; todo mi cariño estaba puesto en un 
sobrino, y ahora, a los cincuenta y dos años... 
una hija... ¡una hija! Y diga usted, ¿es bonita? 
Ya la verá usted, y creo que no quedará des- 
contento. 
¿Se parece a mí? 

Un poco, aunque quizá tenga más de la ma- 
dre. 

Pues dicen que las hijas se parecen a los pa- 
dres. 

Los ojos y la barbilla sí son como los de us- 
ted, no cabe duda. 
( Yendo con Catabar hacia la derecha?) ¿De 
verdad? ¿De verdad? ¿Y cómo dice usted que 
se llama? 

Em... María. {Ya en la puerta de la derecha) 
María... María... Me gusta el nombre. 



— 23 — 

Cat. Hasta mañana, señor Pequét. (Vase.) 

Mart. Hasta mañana. Hasta mañana. ¿Es esto un 

sueño? {Volviendo al centro de la escena y 
juntando las manos dice con emoción?) ¡Una 

hija! ¡Qué aventura, Dios mío, qué extraña 

aventura! 



ESCENA VIII 
Madame Pequét y Pequét 



M. Peq. {Por la izquierda?) Pero hombre, el timbal va 
a estar para echárselo a los perros. ¿Se fué ya 
ese señor? 
Ahora mismo. 

¿Y qué es lo que quería ese caballero? 
Nada, una... niñería... ¿sabes? Ha venido a so- 
licitar mi concurso para socorrer a los niños 
de la Inclusa, y le he dado un luis. {Con aire 
satisfecho?) 

Hombre. Para una institución tan benéfica me 
parece que has dado poco, ya que tú no tie- 
nes hijos... 

{Estallando?) ¡Que no tengo hijos! ¡Que no 
tengo hijos! Estoy harto de oírte siempre lo 
mismo, y desde hoy no tolero que me lo vuel- 
vas a repetir. ¿Lo oyes? {Golpeando en el res- 
paldo de la butaca?) ¡Que no tengo hijos!... 
¡Que no tengo hijos!... ¡Si no los tengo es 
por..., pero estoy absolutamente seguro de que 
no es por culpa mía! 



Mart. 
M. Peq 
Mart. 



M. Peq. 



Mart. 



telón 



ACTO SEGUNDO 



Salita interior de un modestísimo restaurant. A la derecha, en segun- 
do térmido, una puerta, y en primer término, un mostrador con copas, 
platitos de postre, etc. A la izquierda, puerta que comunica con el salón 
que da a la calle. Tres o cuatro mesas con los manteles, platos y cubier- 
tos puestos. En las ángulos de la escena, dos perchas de pie. 



ESCENA PRIMERA ' 
Rosa y Julio; luego, León. 

(Al levantarse el telón, Julio, de camarero, con la car- 
tera sobre el delantal, está colocando los platos so- 
bre las mesas.) 

Julio. (Llamando). ¡Rosa! 

Rosa. (Que es una mujer feísima, sale por la dere- 
cha con unas cuantas servilletas^) ¿Qué quie- 
re usted, Julio? 

Julio. ¿Y las servilletas? 

Rosa. Aquí están. 

Julio. Bueno... ¡Y León sin venir! Ese es un fresco 
que me encasqueta a mí todo el trabajo. 

Rosa. (Riendo estúpidamente^) León vino, pero se 
marchó a tomar una copa con un amigo suyo. 

Julio. León bebe mucho. 

Rosa. ¡Qué quiere usted, cuando se tienen penas de 
amor...! 

Julio. Pero, ¿León está enamorado? ¿De quién? 

Rosa. ¿Usted no lo sabe? De mí. 

Julio. ¡Cualquiera lo diría! Siempre está tomándole a 
usted el pelo. 



— 25 — 

Rosa. Porque está celoso. 

Julio. ¿De quién? 

Rosa. Del amo. Al amo también le gusto. Ahí viene 
León; no quiero que nos vea juntos, luego 
todo son habladurías. (Se va corriendo por la 
derecha?) 

Julio. Pero ¿no se habrá mirado esta mujer al es- 
pejo? 

León. (Por la izquierda.) ¿Ha vuelto el patrón del 
mercado? 

Julio. Todavía, no. 

León. (Poniéndose un delantal.) Sería cosa de pre- 
guntar a qué va a la plaza, porque para la pa- 
rroquia que viene aquí. 

Julio. Ni parroquia, ni propinas. 

León. Si no fuera porque me gusta la tranquilidad y 
trabajar poco, a buena hora estaba yo de ca- 
marero en este restaurant. 

Julio. ¡Ojo! ¡Que viene el amo! 



ESCENA II 
Dichos y Ernesto; luego, Rosa. 

Ern. (Entrando por la izquierda?) ¿Está todo listo, 
León? 

León. Casi, casi; sólo faltan dos mesas. 

Ekn. Pues, despachar pronto; siempre vais retra- 

sados. 

León. He tenido que poner la cerveza en presión. 

Ern. Para eso, no hace falta una hora. {Poniendo 
la fruta que trae en los pla'itos del mostra- 
dor.) Cuando yo no estoy aquí perdéis el 
tiempo vagueando. ¿No ha venido el señor Ca- 
tabar? 

León. No, señor. 



— 26 — 

Ern. ¿Habéis hecho el menú? 

León. Aquí está; sí, señor. 

Ern. ¡Julio, que llaman en la terrazal (Se va Julio 
por la izquierda?) Y tú dile a Rosa que venga. 
(Vase León por la derecha?) 

Rosa. (Por la derecha?) ¿Me llama usted? 

Ern. Sí, preciosidad. Quítate en seguida ese delantal. 

Rosa. ¿Es que va usted a despedirme? 

Ern. Al contrario, voy a hacerte ganar mucho di- 
nero. Se trata de una broma que queremos dar 
a un amigo, ¿comprendes? Queremos hacerle 
creer a un señor que tiene una hija. 

Rosa. (Riendo.) Y yo soy la madre, ¿no es eso? 

Ern. No seas idiota; déjame hablar. 

Rosa. ¿Ah? Quieren ustedes que esa hija sea yo. 

Ern. Eso es. 

Rosa. Me gustaba más lo otro; pero, en fin, bueno. 

Ekn. Tú dirás que te llamas María Rochér. María 
de nombre y Rochér de apellido. ¿Te acordarás. 

Rosa. ¡Ya lo creo! 

Ern. Si sales airosa de tu papel, te haremos un buen 
regalo; y ahora, siéntate y di lo que quieres to- 
mar. ¿Un vermut? 

Rosa. Con bíter, señor Turbért. 

Ern. (A León, que pasa.) León, sirva usted un 
vermut a Rosa. 

León. ¡A esa comadreja! 

Ern. Sí, señor; y respétela usted como merece toda 
mujer. 

León. (Refunfuñando) Los hay con agallas. (Se va 
por la derecha?) 

Ern. Y para comer, tomas tú misma lo que quieras. 
(Se dirige hacia Catabar, que entra por la 
izquierda.) 

León. (Con el servicio del vermut?) A ver si le sirve 
esto de veneno a este fenómeno. (Sirve a 
Rosa.) 



— 27 



ESCENA III 
Rosa, Ernesto y Catabar. 

Ern. ¡Gracias a Dios, hombre ! 

Cat. ¿Has encontrado algo? 

Ern. Sí. 

Cat. ¿Quién es? 

Ern. (Señalando a Rosa.) Mírala. 

Cat. ¿Aquel espantajo? 

Ern. Sí, hombre. 

Cat. ¡Valiente cara! No he visto nada más feo en 
mi vida. 

Ern. Para lo que va a servirnos... buena es. 

Cat. Te equivocas. Esa muchacha no nos sirve 
para nada, y para nuestro asunto mucho me- 
nos. Yo le he dicho al interesado que se tra- 
taba de una mujer bonita. 

Ern. Tú no tienes en cuenta la ceguera paternal. 

Cat. Déjate de bromas, Ernesto. Una cara bonita 
halagará a nuestro hombre, puede interesarle, 
y haremos de Pequét lo que queramos. 

Ern. Pero si, precisamente, lo que debemos querer 

nosotros es que no le interese nada la mucha- 
cha. Cuanto más le desagrade, más pronto 
querrá verse libre de ella. 

Cat. Tienes razón. Voy a examinarla bien. {Mirán- 
dola fijamente?) 

Ern. No es tan fea como dices. Fíjate. 

Rosa. {Lamiendo la cucharilla?) ¿Quería usted algo, 
caballero ? 

Cat. ¿Por qué me lo pregunta? 

Rosa. Como me mira usted con tanta insistencia... 
{Sigue lamiendo la cucharilla?) 



28 



Cat. Comprenderás que es imposible... Es un ca- 
mello. 

Ern. Pues, entonces... Rosa ¡halal a la cocina. 
¡Hala I en seguida. 

Rosa. Como usted mande, señor Turbért. (Se va por 
la derecha. ) 

Ern. Lástima que el físico no te agrade, porque si 
conocieras su inteligencia... 

Cat. ¿Es lista? 

Ern. Completamente idiota. 

Cat. ¿Entonces? 

Ern. Era la mujer soñada. 

Cat. Pero el papel que tiene que representar es muy 
comprometido. 

Ern. Esta no se daría cuenta de nada. 

Cat. Sería muy expuesto, porque para meter la 
pata, por lo visto, sería la única. 

Ern. {Impacienten) Bueno, bien está. ¿Tienes tú 
algo mejor que proponerme? 

Cat. Estoy buscando desde ayer, y no encuentro 
nada. 

Ern. Pues son más de las doce, y a las doce y me- 
dia hemos citado al señor Pequét; de modo 
que tú verás. 

Cat. Le dejaré un recado diciendo que vuelva ma- 
ñana, y en veinticuatro horas más, veremos si 
se encuentra algo presentable. 

Ern. ¡Ca, hombre! ¡ca! La cosa urge. Necesito di- 
nero. Y hay que despachar este asunto en 
seguida. Y después de todo, ¿quién va a venir 
a reclamarnos? Esa madre y esa hija han 
muerto. No se perjudica a nadie: Es un asun- 
to más claro que el agua, como no hemos 
tenido otro nunca. Tú no debiste decirle al 
tal Pequét más que lo siguiente: Aquí están 
estas cartas, que le comprometen: o da us- 
ted diez mil francos por ellas o vamos al 



_ 29 — 

escándalo; y el tío ese afloja la mosca ipso 
fado. 

Es que este cliente, llamémosle así, no es como 
los demás. En vez de asustarse, se me enter- 
neció. Nosotros lo habíamos previsto todo, 
menos que el señor Pequét fuera un hombre 
honrado. 

[Excitándose?) Lo hecho, hecho está. Y ese 
tío no se nos escapa. ¡Que no, hombre, que no! 
Anda, di que me sirvan un vermut; puede 
que bebiendo se me ocurra alguna idea. 
Si se te ocurrieran tantas ideas como vermuts 
te bebes, no iríamos mal. ¡Julio...!, un ver- 
mut para el señor. {Catabar se sienta ante 
una mesa y Julio le sirve el vermut. Por 
la izquierda entran Luisa y Alicia?) 

ESCENA IV 
Dichos, Luisa y Alicia. 

¡Buenos días, señor Turbért! {Se quita el som- 
brero y la levita y los cuelga en una percha?) 
¡Hola, Luisita! Hoy se ha retrasado usted. 
Yo he tenido la culpa. Todavía estoy buscan- 
do a mi padre. 

¿Está usted buscando a su padre, señorita? 
Sí, señor, ¿usted le conoce? 
Quién sebe. 

No te entusiasmes, Catabar, que yo sé dónde 
está el padre de esta señorita. (A Alicia.) Le 
he visto hace un cuarto de hora en el bar del 
rincón de la calle Lepic. 
(A Luisa.) ¿Lo ves? Donde yo quería entrar. 
Allí estará todavía. 
Seguramente. 



_ 3 o — 

Luisa. ¡Y tu madre, que estaba tan intranquila...! A 
ver si puedes llevártelo a casa. 

Alic. No va a ser fácil... porque estará borracho., 
¡Qué poco divertidos son los padres! 

Luisa. Quéjate. Pues yo no sé lo que daría por estar 
en tu lugar y tener un padre, aunque fuera... 

Alic. ¿Una cuba? 

Luisa. Más vale tener un padre, sea como sea, que 
no tener ninguno, ni bueno ni malo. (Va a 
sentarse tras el mostrador.) 

Cat. (A Turbért.) ¿Has oído? 

Alic. Vendré a buscarte a la una y media. 

Cat. ¿Pero es que tu cajera no tiene padre? 

Ern. Ni padre, ni madre. 

Cat. Podías haberlo dicho, hombre de Dios. 

Ern. Esa muchacha no nos sirve. Es escrupulosa y 
honrada a carta cabal. Por nada del mundo 
entraría en nuestra combina. 

Cat. No hace falta que entre en la combina. Mejor 
que sea sincera. Yo me encargo de ello. ¿Tú 
ves cómo me brotan las ideas con el vermut? 

Alic. ¡Adiós, señor Turbért! 

Ern. ¡Hasta luego! {Luisa se pone a contar las 
chapas de los camareros)) 

Cat. {Deteniendo a Alicia)) Dígame usted, señori- 
ta, ¿hace mucho tiempo que conoce usted a 
su amiga? 

Alic. ¿A Luisa? Ya lo creo. Nos educamos juntas 
en un colegio de Nangis. Es una muchacha 
honradísima y de mucho mérito. Todo lo que 
es se lo debe a sí misma. 

Ern. Eso es bien cierto. Figúrate que es inclusera. 

Alic. Señor Turbért: eso no hacía ninguna falta de- 
cirlo. 

Cat. ¿Qué mal hay en eMo? Al contrario: eso la 
hace más interesante. ¿Vive en este barrio? 

Alic. Aquí al lado mismo, en el doce de la calle in- 



— 31 — 

mediata puede usted pedir informes de ella, si 
los desea. 

Cat. Muchas gracias... Hasta otro día, señorita. 

-Alic. ¡Que ustedes lo pasen bien! (Vase por la iz- 
quierda.) 

Ern. ¡Adiós, preciosa! 



ESCENA V 
Luisa, Catabar, Ernesto, Julio y León. 

Cat. ¡Cuando considero que tenemos a mano lo que 
nos hace falta, y que tú no me habías dicho 
ni una palabra! ¡Ea! No perdamos tiempo; ya 
sabes dónde vive; ve y toma todos los infor- 
mes que puedas. 

Ern. Pero hay un obstáculo; que ésta se llama 
Luisa. 

Cat. ¿Y qué? 

Ern. Que la fe de bautismo dice María. 

Cat. ¿Y qué? Se pone María Luisa, y en paz. 
¡Hala..., vete por detalles! (Vase Ernesto por 
la izquierda)) 

Julio. La cuenta del dos, que ha comido a la carta, 
un plato, dos legumbres. 

Luisa. ¿Un plato de legumbres, o un plato y dos le- 
gumbres? 

Julio. No, no: un plato de dos legumbres. 

Luisa. Pues diga usted dos legumbres en un plato, y 
así no habrá error. (Julio se aleja, y Catabar 
se acerca al mostrador?) 

Cat. ¿Qué tal va el negocio, señorita? 

Luisa. Mediano. Viene poca gente, y creo que el se- 
ñor Turbért no se hará rico con el restaurant. 
Tiene mala suerte el señor Turbért. 

Cat. Usted, en cambio, la debe tener muy buena. 



— 32 — 



Luisa. Hasta ahora, no. Más adelante, puede. 

Cat. ¿A ver? ¿Me quiere usted enseñar las rayas de 

su mano. 

Luisa. ¿Sabe usted leer en ellas? 

Cat. Mejor que en un libro. 

Luisa. Pues un día cualquiera de estos me dirá usted 
la buenaventura. 

Cat. Ahora mismo, si usted quiere. 

Luisa. Ahora tengo que escribir. 

Cat. ¿Es usted zurda? 

Luisa. No, señor. 

Cat. Pues, entonces, lo que yo necesito ver es su 
mano izquierda. 

Luisa. (Tendiéndole la mano.) Sea; pero no me 
anuncie usted niguna desgracia, por lo menos. 

Cat. Le diré a usted la verdad; toda la verdad. 

Luisa. Me da usted miedo. {Catabar le mita atenta- 
mente la mano.) ¿Qué es lo que ve usted? 

Cat. Veo que es usted una personita muy trabaja- 
dora y muy ordenada. 

Luisa. Es verdad. 

Cat. Que piensa usted con cordura, pero que es us- 
ted un poquitín desconfiada. 

Luisa. ¿Desconfiada, yo? Nada de eso. 

Cat. El corazón domina a la cabeza. 

Luisa. Eso, sí, señor; soy un poco sentimental. 

Cat. jAh! Aquí hay una cosa interesante. Un mis- 

terio rodea la hora de su nacimiento. 

Luisa. ¿Lee usted eso en mi mano? 

Cat. Aquí está escrito. Pronto va usted a saber una 
gran noticia que transformará por completo 
toda su vida. 

Luisa. ¿También ve usted eso? 

Cat. Sí, señorita; y ese suceso sensacional tendrá 
efecto cuando cumpla usted los veinte años. 
Mire usted esta línea chiquitita, ésta es la que 
lo dice. 



33 



Luisa. ¿Y qué más? 

Cat. {Resueltamente y soltando la mano de Lui- 
sa?) Señorita Luisa: tengo que decirle a usted 
algo muy importante. 

Luisa. Debo confesarle a usted con franqueza que no 
creo poco ni mucho en lo que digan las rayas 
de la mano. 

Cat. Yo tampoco; y todo ha sido para que entrára- 
mos en conversación, porque no veía el modo 
de prepararla a usted para hacerle graves re- 
velaciones sobre su nacimiento y sobre su fa- 
milia. 

{Burlona?) ¡Ah! ¿Pero usted conoce a mi fami- 
lia? ¡Ja, ja! {Ríe.) 

No se ría. Ya tomará usted en serio mis pala- 
bras cuando sepa que desde hace dos meses 
me ocupo de usted, y puedo asegurarle que he 
trabajado mucho en favor suyo. 
¿Pero habla usted en serio? 
Sí, señorita, sí. Yo sé quién es su padre de 
usted. 

¿Mi padre? Pero yo tengo padre? Vamos, quie- 
ro decir, ¿mi padre vive? 
Y no es un cualquiera. 
¿Usted no será? 

No, Luisa, no tenga usted miedo. 
Quería decir... Bueno, basta de misterios. 
Puesto que usted conoce a mi padre, pónga- 
me al corriente de todo lo que sepa. ¿Cómo 
se llama mi padre? 
Martín Pequét. 
¿Y qué es? 

Muy rico, y maniobrando bajo mi dirección, 
puede usted sacarle mucho dinero. 
¡Qué me importa eso! No pienso en cálculos 
interesados. ¡Déjeme usted saborear este mi- 
nuto que yo esperaba todos los días sin que- 



34 



León. 
Luisa. 
Cat. 



rer confesármelo a mí misma! ¡Cuántas veces, 
en mi soledad, he soñado con que un día un 
desconocido vendría a decirme... lo que usted 
me ha dicho! ¡Pero era un sueño tan lejano, 
tan quimérico, tan locol Era un sueño de no- 
vela; pero por lo visto estas cosas también 
suceden en la vida. 
La cuenta del cinco. 

Voy en seguida (A Catabar) Con su permiso. 
No faltaba más. Voy mientras a saludar a un 
amigo que acaba de entrar en el otro salón. 
( Vase hacia lo izquierda?) 



ESCENA VI 
Luisa, Pequét, Catabar y Ernesto 



Cat. 



Mart. 



Cat. 

Mart. 



Cat. 



{Entrando por la izquierda con Martín 
Pequét?) Pase usted aquí, que estaremos más 
tranquilos. 

Estoy muy emocionado, señor Catabar, muy 
emocionado ante la idea de que voy a encon- 
trarme frente a frente de mi... de esa mu- 
chacha. 

De su hija de usted. 

Sí, de mi hija, es posible; he reflexionado 
mucho, mucho, desde que tuve ayer el gusto 
de verle en mi casa, y recuerdo que, efectiva- 
mente, su madre tenía parientes en Inglaterra, 
y también he recordado que me decía con 
frecuencia que le hubiera sido menos dolorosa 
nuestra separación si hubiese tenido un hijo; 
era un alma muy delicada y muy noble. 
Exactamente igual es la hija. Su patrón me lo 
decía hace un momento: Es una mujer escru- 
pulosa y honrada a carta cabal. 



— 35 



Y dígame usted, señor Catabar, ¿ha venido ya? 
Mire usted allí discretamente. Es la cajera. 
(Volviéndose.) ¡Ah! ¿la cajera? (La mira.) 
¿Qué le parece a usted? 
(Emocionado) Bien, bien; pero muy diferente 
de su madre. 

No me negará usted que la naris... 
La boca más bien y la fisonomía en general. 
Es arrogante y parece decidida, como la otra, 
eso sí. ¿Pero no me ha dicho usted que traba- 
jaba en un taller de modista? 
La señorita Luisa lleva también la caja de 
este restaurant, a la hora de comer; así le sale 
la comida gratis. Es muy ordenada y muy 
trabajadora la señorita Luisa. 
¿Luisa? ¿No me dijo usted que se llamaba 
María? 

Sí, señor, María Luisa, nombre compuesto. 
No, si el nombre me gusta, María Luisa, un 
nombre compuesto; los nombres compuestos 
son muy bonitos. ¿Le ha anunciado usted ya 
mi visita? 

Todavía, no; he creído preferible que usted 
llegara para estar seguro de que no había us- 
ted cambiado de idea. 
(Sentándose.) ¿Qué quiere usted tomar? 
León, un vermut. 
¿Y usted caballero? 

Una copa de Oporto. (Vase León por la de- 
recha.) 

(Viendo entrar a Ernesto) Ese es el dueño 
del restaurant, voy a saludarle. (Va hacia 
Ernesto) ¿Has averiguado muchos detalles? 
Ahí los tienes escritos. (Le da una tarjeta. 
Martín no quita los ojos de Luisa.) 
Vengan, y pecho al agua. (Ernesto se va por 
la derecha y Catabar se acerca al mostra- 



36 - 



dor.) Señorita Luisa: aquí hay alguien que 
desea hablar con usted. 

Luisa. ¿Mi padre? 

Cat. No, pero es una persona que viene de su par- 
te. (León sirve el Oporto y el vermut?) 

Luisa. ¡Ay, Dios mío! ¿Pero está usted seguro? No 
habrá en todo esto un error? 

Cat. No hay error posible. (Leyendo a hurtadillas 
la tarjeta que le dio Ernesto?) ¿No ha sido 
usted educada en un colegio de Nangis? 

Luisa. Sí, señor. 

Cat. ¿No estuvo usted colocada en un obrador de 
plancha de Clignancourt, y después en casa 
de una modista del bulevar Haussman? 

Luisa. Es verdad, sí, señor. 

Cat. ¿No tiene usted una mancha o lunar grande 
como medio franco en el brazo derecho? 

Luisa. Un antojo, sí, señor. 

Cat. No fué usted confiada a la Asistencia pública 

después de la muerte de su madre, y no nació 
usted en Inglaterra, en New Castle? 

Luisa. De eso no sé nada. La buena mujer que me 
sacó de la Inclusa tampoco debía saberlo, 
porque nunca me dijo nada sobre mi naci- 
miento. 

Cat. Pues bien, sí, usted nació en New Castle, yo 
tengo todos los documentos que lo acreditan. 
Y sé todavía muchas cosas más que usted 
ignora. Venga, que voy a presentarla a usted 
a ese señor. [Luisa y Catabar van hacia la 
mesa de Martín Pequét.) Caballero. (A Mar- 
tin.) Esta es la joven en cuestión. 

Mart. (Levantándose e inclinándose). Señorita... 
(Pausa) Señorita: yo vengo de parte del se- 
ñor Pequét y traigo el encargo... 

Luisa. Una pregunta ante todo. ¿Es mi padre el que 
ha hecho indagar mi paradero? 



— 37 — 



No, señora. Su padre de usted ignoraba ayer 
que usted existiera. 
¡Ah! 

Justamente; ayer mismo lo ignoraba. Catabar 
puede decirle a usted... Cuéntele cómo ha sido 
el saberlo. 

Pues muy sencillo. Como ya le he dicho an- 
tes, soy yo el que ha tenido la suerte de en- 
contrar a su padre de usted; ayer fui a verle, 
hablamos y se arregló todo. El señor Pequét 
estudiará las peticiones que usted formule, y 
en el caso de que éstas sean fundadas, como 
lo son, está dispuesto a concederle a usted lo 
que se convenga en un acuerdo justo y equi- 
tativo. 

Yo no puedo precisar lo que hará su padre, 
señorita; todo depende de las circunstancias y 
de la disposición en que él la vea a usted co- 
locada. Pero si todo lo que cuentan de usted 
es exacto, estoy seguro de que la reconocerá 
a usted como hija suya. 

¿Y si yo no quiero reconocerle a él por padre 
mío? 

{Asombrado.) ¿Le rechaza usted? 
{Indignado.) Eso sería una locura. 
{A Catabar) ¿Pero usted se figura que voy a 
considerarme más feliz por haber encontrado 
un padre, sea el que sea, y Dios sabe a costa 
de qué sacrificios? No, señor. Yo le aseguro a 
usted que si ese señor Pequét no es el tipo de 
padre que yo me he forjado, renegaré de él. 
Señorita: mida usted sus palabras. 
Déjela usted explicarse. 
Hace veinte años que estoy viviendo sola; 
todo lo que soy me lo debo a mí misma, y así 
puedo seguir hasta que encuentre un hombre 
digno que quiera casarse conmigo, cosa no 



3.8. 



Mart. 
Luisa. 

Cat. 

Luisa. 

Cat. 

Luisa. 

Cat. 
Luisa. 

Mart. 



Luisa. 

Mart. 

Luisa. 



Mart. 
Luisa. 



difícil cuando se es honrada como yo lo soy. 
Si ahora he de trastornar y cambiar mi vida, 
será preciso que valga mi padre la pena de 
ese cambio. 

Le aseguro a usted, señorita, que su descon- 
fianza es absolutamente injustificada. 
Si el señor Pequét le envía a usted a negociar 
conmigo porque tiene miedo, que se tranquili- 
ce; puede usted decirle de mi parte que no 
tema de mí ni escándalo ni proceso alguno. 
Poco a poco, eso no; la ley es bien termi- 
nante. 

La ley no puede obligarle a quererme. 
Pide usted mucho. 
Yo no pido nada. Lo que no quiero es ser una 
intrusa ni una mendiga. 
Eso es soberbia, señorita. 
[Riendo.) Puede que sea la sangre de los Pe- 
quét que se rebela. 

Bravo, señorita. Esa rebeldía la honra a us- 
ted, y crea usted que al señor Pequét sólo le 
guían en este momento sentimientos verdade- 
ramente paternales. Cuando usted le conozca 
creo que encontrará en él el tipo de padre que 
usted se ha forjado. 

No lo creo. El señor Pequét no es seguramen- 
te el tipo del padre que yo había soñado. 
¿Por qué no? 

Porque si realmente lo fuera, hubiese tenido 
más prisa por conocerme, y hubiese venido él 
mismo en lugar de enviar un intermediario, 
como usted, para tratar conmigo. 
Puede que desconfíe de sus ánimos. 
Ese señor teme verse frente a mí. Mi padre 
dejó a mi madre antes de que yo naciera... 
¡La abandonó, y la infeliz quizá muriese de 
pena!... 



30 



Luisa. 



Mart. 
León. 

Mart. 
Luisa. 
Mart. 



No hable usted así; no sea usted rencorosa. Sé 
todo lo que debe usted haber sufrido; pero no 
acuse usted a su padre. No le juzgue usted 
mal sin estar segura de que es culpable. Y so- 
bre todo, sobre todo, créame usted, no invo- 
que nunca contra él el recuerdo de la pobre 
muerta. Estoy seguro de que si ella viviese y 
pudiera aconsejarla a usted, le diría: Si él ha 
sido desgraciado, hay que consolarle, y si ha 
tenido culpa, se le debe perdonar. No ten- 
ga usted más rigor del que tendría su pobre 
madre. 

Tiene usted razón, caballero; no más recrimi- 
naciones. Nadie, ni nunca, me habían habla- 
do así de mi madre. Usted ha sido el primero 
que me ha dicho esas cosas tan sencillas y 
tan tiernas. Dígame usted lo que tenga que 
decirme, que yo le oiré a usted sin rencor y 
sin odio. 

Al fin se pone usted razonable; me alegro. Y, 
como es natural, que los primeros pasos de 
estos asuntos los guíe un intermediario... 
Séalo usted, porque me figuro que a mi padre 
le doy vergüenza. 

¿Vergüenza? ¿Por qué? Si no la conoce. Com- 
prenda usted que era indispensable saber 
cómo es usted. 

Y eso qué importaba. Un padre, un verdade- 
ro padre, hubiese venido él mismo a verme, 
aun a trueque de una desilusión. 
{Riendo}¡ Es usted muy romántica. 
{Acercándose}) Señorita Luisa: ya tiene usted 
la comida dispuesta. 
¿Pero todavía no ha comido usted? 
No, señor. 

Nosotros tampoco. ¿Por qué no comemos los 
tres juntos en esta misma mesa? 



— 4 — 



Luisa. Muy buena idea, y así seguiremos charlando. 

Cat. Me parece una idea feliz. 

Luisa. Entonces, tres cubiertos aquí, León. (A Pe- 
quét.) Usted se sienta a mi derecha, y usted 
(A Catabar), a mi izquierda. 

Mart. (Sentándose a la derecha de Luisa.) ¿Qué va- 
mos a comer? 

León. Aquí tiene usted la carta. (Se la da.) 

Mart. Empezaremos por langosta con mayonesa. 

León. La langosta con mayonesa se ha terminado. 

Mart. Entonces tomaremos manitas de cordero a la 
crema. 

León. Las manitas también se han terminado. Se me 
olvidó borrarlas de la lista. 

Cat. Será preferible que nos diga usted lo que que- 
da todavía, ¿no es eso? 

León. Tienen ustedes cordero con judías verdes. 

Luisa. (Al oído de Pequéí) Son los restos del esto- 
fado. 

León. Vaca a la jardinera. 

Luisa. (La misma acción^ Los restos de las legum- 
bres de toda la semana. 

Mart. Pues vaya un restaurant. 

Luisa. Ha venido usted en sábado, mal día. Liquida- 
ción culinaria de toda la semana. 

Mart. Tráiganos usted un plato de fiambres a la in- 
glesa, los entremeses más decentitos que en- 
cuentre, queso y fruta. 

León. ¿Vino blanco, tinto o cerveza? 

Mart. Una botella del mejor vino que haya en la 
casa. 

Cat. Eso está muy bien. 

Luisa. Por mí no se moleste, no me gusta el vino. 
¡León, cerveza para mí! 

Mart. No faltaba más; déme usted la carta de los 
vinos. 

León. No tenemos carta de vinos; pero tenemos un 



— 4i - 



Vouvray espumoso, exquisito, especialidad de 
la casa. 

¿Le gusta a usted el champagne? 
No lo sé; no lo he bebido nunca. 
Pues una botella de Vouvray. {V ase León por 
la derecha?) ¿Hace mucho tiempo que come 
usted aquí? 
Casi un año. 

Entonces debe usted sufrir horriblemente del 
estómago. 

Cuando tengo hambre, nada más. (Se ríe.) An- 
tes, la cocina estaba más cuidada; pero desde 
que el señor Turbért pierde tanto dinero en las 
carreras de caballos, esto va de cabeza. (A Ca- 
tabar.) Usted que es su mejor amigo lo sabe. 
[Llega León con la botella de Vouvray?) 
Eso de su mejor amigo... (Desviando la con- 
versación.) ¡Bebamos a la salud del señor Pe- 
quét y de su encantadora hija! {Sirve el cham- 
pagne.) 
¡Graciasl 

¡Por la felicidad de usted, señorita! 
¡Y pensar que debe haber pasado junto a mí 
por la calle tantas veces...! 
¿Quién? ¿La felicidad? 

No... El señor Pequét. Y diga usted, caballero. 
(A Pequét) ¿No lleva usted encima, por ca- 
sualidad, algún retrato de él? 
No. ¿Por qué? 

Para ver si tenía la cara simpática. 
Muy simpática, se lo aseguro. 
¿Es viejo? 

No, es decir... vamos, como yo, exactamente 
igual que yo. 
¿Es casado? 
Sí. 
Pero su señora no está todavía al corriente de 



42 



Luisa. 
Mart. 
Luisa. 
Mart. 
Cat. 



Luisa. 



Mart. 
Luisa. 



Cat. 

Mart. 

Luisa. 



Cat. 

Luisa. 

Cat. 



nada. Lo ignora todo, y no sabemos cómo 
tomará la cosa cuando se entere. 
¿Es una señora autoritaria? 
¡Un poco!, pero muy buena en el fondo. 
¿Y tiene hijos? 
No; un sobrino nada más. 
Ahora comprenderá usted mejor la situación 
de su padre. {León saca la comida y la 
sirve.) Ha caído usted como una bomba en el 
hogar de esa familia. 

Esté usted tranquilo, que no haré explosión. 
Sé lo que es la vida. ¡Yo lo tenía todo tan 
bien pensado, en sueños, naturalmente! 
Me gustaría saber cómo. 
Yo pensaba que, en el caso de encontrar a mi 
padre, mi nacimiento debía continuar secreto 
durante mucho tiempo; pero eso no impediría 
que nos viésemos con frecuencia. Mi padre 
vendría a verme a mi casa, y algunas veces 
pasaríamos todo el día juntos, iríamos a co- 
mer a las afueras, y algunas tardes me llevaría 
al teatro a oír música, ¡que me gusta tanto! 
Eso no son nada más que chiquilladas. 
Déjela usted que hable. 

Nadie sabría nuestro secreto, y sin que nadie 
supiese cómo, ni por qué, yo llegaría a ser 
primera en casa de una gran modista. Este 
sería un final de novela precioso. 
Desgraciadamente, la vida es mucho más com- 
plicada. 

Pero uno la simplifica cuando quiere. (A Pe- 
quét.) ¿No opina usted lo mismo? 
Voy a enterarme por qué no han traído gela- 
tina para los fiambres. (Se levanta y va por 
la izquierda) 



— 43 — 

ESCENA VII 
Luisa y Martín Pequét. 

Me parece que al señor Catabar no le son 
simpáticas las cosas que digo. 
Pero para mí lo son mucho. 
Me parece que nosotros nos entenderíamos 
muy bien. Voy a decirle a usted una tontería, 
pero la pienso y, sinceramente, la digo. Es 
una lástima que usted no sea mi padre. 
(Muy emocionado.) ¿De veras? ¿Le gustaría a 
usted ser mi hija? ¿Le agradaría a usted que 
yo fuese su padre? 

(Adivinando, por la turbación de Martín 
Pequét, que está frente a lo soñado) ¡Y lo es 
usted! ¡Lo adivino! ¡Es usted! ¿Verdad que es 
usted mi padre? 

[Sí, lo soy! ¡Ya ves como he venido yo mis- 
mo! (Cogiendo la mano de su hija.) 
¡Y yo que le reprochaba su conducta...! 
(Besándola en la frente) No importa. Todo lo 
que me has dicho me sonaba a gloria. ¡Era tan 
agradable oírte... mientras yo me decía: es ella! 
¡Es ella! ¡La encuentro tal como la había desea- 
do, puedo estar orgulloso de mi hija, y Dios 
sabe los esfuerzos que he tenido que hacer 
para no abrazarte (abrazándola) antes, como 
lo hago ahora! 

¡Pobrecito papá, qué mal le he juzgado! ¿Y 
por qué me ha dejado decir tanta locura? ¡Es- 
toy avergonzada! 

¡Si hubiese podido oírte hablar así hace vein- 
te años! 
Hace veinte años yo no hablaba, papaíto. 



— 44 — 

Mart. Es verdad. ¡Veinte años! ¡Cuánto tiempo per- 
dido para los dos! 

Luisa. ¡Padre! ¡Y pensar que esta es la primera vez 
en mi vida que puedo decir esa santa palabra! 
Mi padre...; me turba, me emociona, me inti- 
mida, ¡como no tengo costumbre...! 

Mart. ¡Hija mía! ¡Yo también me emociono!; ¡tampoco 
yo había podido decir nunca esta divina pala- 
bra: Hija...! ¡Y ahora al decirla se me han lle- 
nado los ojos de lágrimas! 

Luisa. ¡Papá! [Entra Alicia, y Catatar se dirige a 
la mesa.) 



ESCENA VIII 
Dichos, Alicia y Catabar 



Cat. 

Luis a . 
Alic. 

Mart. 
Luisa. 

Mart. 

Alic. 
Luisa. 
Cat. 
Luisa. 

Mart. 



Cat. 
Alic. 



Perdón..., Luisita: ya está aquí su amiga de 
usted. 

¿Tan pronto? (Interrogando) ¿Pues qué hora es? 
Cerca de la una y media. 
{Mirando su reloj.) La una y veinticinco. 
Tengo el gusto de presentarle a usted a mi ín- 
tima amiga Alicia. 

Tanto gusto, señorita. ¿Quiere usted dispensar- 
nos el favor de tomar el café con nosotros? 
Si es que no nos queda tiempo. 
Anda, sí. ¡Tres cafés, deprisita, León! 
A mí, una copa de benedictino. 
Voy a hacer la liquidación del día, y nos ire- 
mos en seguida. (Va al mostrador.) 
Siéntese usted, señorita. (Alicia se sienta. 
Pausa. León trae las tres tazas del café y la 
copa.) 

(Sirviéndola) ¿Mucha azúcar? 
Cuatro terrones. ¿Ha comido usted con Luisa? 



— 45 — 



Sí. La he presentado a este caballero... 
Y ya somos muy buenos amigos, pero muy 
buenos amigos. 

No se haga usted ilusiones, porque Luisa no 
va muy lejos en esos asuntos. 
{Riendo?) ¿Qué quiere usted decir con eso? 
Que la conozco muy bien. Le gusta bromear, 
pero es muy seria, a pesar de sus bromas. 
Mejor. Así me gusta que sea. 
Como usted ve, todos dicen lo mismo. 
{Va a la derecha, se pone la levita y coge el 
sombrero?) ¿De qué hablan ustedes? 
Tu amiga creía que yo estaba haciéndote la 
corte. 

No me gustan esas suposiciones. Hay que de- 
cirle la verdad. ¿Puedo decírsela? 
Ya lo creo. 

Entonces, tengo la inmensa alegría de presen- 
tarte a mi padre. 
¿Hablas en serio? 
Ya me conoces. 
Perdone usted. 
¿Le has hablado mal de mí? 
Al contrario. 

Déjame que te abrace, Luisa. Estoy tan conten- 
ta como tú. ¿Ves como no hay que desesperar 
nunca? ¿Y ahora qué vas a hacer? ¿Vienes al 
taller o no? 

No hay taller que valga. He encontrado a mi 
hija, y no quiero separarme de ella. Pasare- 
mos el día juntos. Iremos al teatro. 
Al cine, mejor. Dan una película que se. llama 
<E1 triángulo verde», y dicen que es preciosa. 
Pues acompáñenos usted a verla. 
¿Y mi taller? 

Por una vez, puedes faltar; avisa por teléfono 
dando una excusa cualquiera. 



- 46 - 

Alic. Diré que me he clavado una aguja o que tengo 
calambres en la mano. Vamos a telefonear. 
(Se van Luisa y Alicia por la derecha?) 

Mart. Estoy encantado, señor Catabar. 

Cat. (Paladeando el licor?) Y yo. ¿Qué le parece a 
usted la muchacha? 

Mart. Una joya. Ya tengo formada mi opinión, y mi 
resolución tomada. No me separaré nunca de 
mi hija. 

Cat. ¡La hemos hecho buena! 

Mart. Luisa y usted vendrán a pasarse unos días a 
mi casa. 

Cat. ¿A su casa de usted? 

Mart. Sí, señor; se lo ruego. Les presentaré como si 
fuesen ustedes tío y sobrina. 

Cat. Pero es que... 

Mart. Ya inventaremos alguna historia. 

Cat. ¡Eso, no! No cuente usted conmigo para men- 
tir, porque no sabría. 

Mart. Yo me encargo de todo. Usted será un antiguo 
compañero mío de colegio o un editor de Amé- 
rica; ya veremos lo que resulta mejor. 

Luisa. (Por la derecha.) Ya está telefoneando. 

Mart. Escúchame, hijita: por conveniencias particu- 
lares y trascendentalísimas, hasta nueva or- 
den, este señor será tu tío. Ya te explicaré... 

Luisa. Cuando usted quiera y como usted quiera. 
Ahora, sólo me basta con saber que soy muy 
feliz. (Llamando) ¡Alicia! 

Alic. (Que viene corriendo.) Estoy a tu disposi- 
ción. 

Luisa. Ven aquí. Tengo el gusto de presentarte tam- 
bién a mi tío. 

Alic. ¿Más familia? Pero hija, te brotan los parien- 
tes como si fueran setas. 



TELÓN 



ACTO TERCERO 



La terraza del jardín de Martín Pequét delante de la fachada principal 
del hotel, que queda en la derecha. Mesas y sillas rústicas. 



ESCENA PRIMERA 



Luisa, Mme. Bubié, Mme. Pequét, 

Magdalena, Pequét, Catabar, Pablo 

y Bubié. 

Al levantarse el telón Pablo enfoca, con una máquina 
fotográfica de trípode, el grupo que forman todos 
ante la mesa donde están servidos el café y los licores. 



Pab. 



Cat. 



Pab. 



M. Bub. 
Pab. 

Magd. 

Pab. 

Magd. 



{Sacando la cabeza de debajo del paño que 
oculta la máquina de retratara) Tienen us- 
tedes que estrecharse un poquito. {Volviendo 
a enfocar?) Señor Catabar: córrase un poco 
más a la izquierda. No, no; a la izquierda, a 
este lado. {Le hace señas con la mano.) 
Lo que indica usted con la mano es a la de- 
recha, Pablito. 

Eso es, a la derecha. Mil perdones. Es que 
como aquí dentro {Señala el aparato) se ve 
todo al revés. Madame Buvié, ¿quiere usted 
ponerse al lado de mi tía? 
Con mucho gusto. {Cambia de sitio.) 
Convendría que se quitara usted el sombrero, 
Magdalena. 
¿Por qué? 

Es que no veo bien a Luisa. 
Pues que se corra ella un poco. 



- 48 - 



Pab. No es posible, porque se saldría entonces del 

objetivo. 

M. Bub. Quítate el sombrero, Magdalena. 

Magd. No me lo quito porque estoy muy mal peina- 
da; prefiero ceder mi sitio a esta señorita. 

Luisa. No se moleste usted; me empinaré sobre las 
puntas de los pies... 

Magd. No faltaba más; póngase usted delante, puesto 
que Pablo así lo quiere. Tiene usted una ca 
beza tan fotogénica. 

Luisa. ¿Una cabeza tan qué? 

Cat. ¡Qué difícil es decir esa palabra después de 
comer! ¡Fotogénica! 

Pab. ¡No se muevan ustedes! ¡Quietos! 

Cat. Espere usted un momento, que voy a estornu 
dar. [Estornuda.) 

Luisa. ¡Pero tío, por Dios, qué oportuno! 

M. Bub. Qué lástima que Pablo no esté en el grupo. 

M. Peq. Pues que se ponga y que deje caer el obtura- 
dor un criado. Pablo, llama a Germán. 

Pab. Aquí viene. {Sale Germán de la casa.) Ger 
man, ven aquí que vas a impresionar la pla- 
ca. Ya sabes que no hay que hacer nada máí 
que oprimir esto. {Señala la pera de goma. 

Ger. Ya lo sé, señorito. 

Pab. ¿Dónde me pongo? 

Magd. Aquí, a mi lado. 

Pab. Me da miedo el sombrerito. Prefiero aquí. (S\ 

sienta en el suelo delante de Luisa.') 

Luisa. Muy bien; aquí estará usted más fotogénico 

Bub. ¿Dónde debo mirar yo? 

Ger. {En la clásica pose del fotógrafo) Si al se 
ñor no le disgusta puede mirarme al ojo iz 
quierdo... 

Mart. O sus alrededores. 

Ger. ¡Quietos todos! ¡Quietos!... ¡Ya está! 

Cat. ¡Bravo, Germánl 



— 49 — 

Ger. La señorita Magdalena se ha movido. 

Magd. Es posible. 

Mart. Si ustedes me lo permiten, voy a revelar la 
placa ahora mismo. 

Luisa. Así sabremos en seguida si hemos salido 
bien. 

Büb. Les acompaño a ustedes para enterarme da 
esa revelación. 

M. Püq. (A Pablo , que sigue a los tres personajes?) 
Pablo, quédate. (Pequét, Luisa, Bubiéy Ger- 
mán hacen mutis por la puerta del hotel. 



ESCENA II 

Mme. Pequét, Mme. Bubié, Magdalena, 
Catabar y Pablo; al final, Luisa. 



Magd. 
Cat. 
Pab. 
Magd. 

Cat. 

M. Bub. 
M. Peq. 
Pab. 

! Magd. 
M. Bub. 
Pab. 

\ Magd. 

, M. Bub. 



A Luisa le interesa mucho la fotografía. 
A mi sobrina le interesa todo. 
Así se distrae. 

Ya, ya... (A Pablo.) Parece que no ha visto 
nada en su vida, 

¡La pobre ha salido del Colegio hace tan 
poco tiempo! 

Luisa debe hacerle a usted mucha compañía. 
Mucha y muy agradable. 
¿Un cigarrillo, Magdalena? (Se sienta cerca de 
ella, pero bastante separado?) 
¿Me permites, mamá? 
Vas a escandalizar a Pablo. 
Nada de eso; hoy fuman todas las mucha- 
chas. 

(Encendiendo el cigarrillo?) Menos Luisa. 
Esa señorita tiene tan pocos defectos- 
Señor Catabar: ¿fuman también las mucha- 
chas en el Canadá? 



— So 



Cat. 



M. Bub. 
Cat. 



M. P£Q. 
Cat. 



Pab. 
Cat. 
Magd. 



Pab. 

Magd. 

Pab. 

Magd. 

Pab. 
Magd. 

Pab. 

Magd. 

Pab. 



Sólo puedo decir a usted que durante el viaje 
todas las mujeres que venían en el barco fu- 
maban. 

¿En qué barco han venido ustedes? 
En... en un hermoso transatlántico, señora; en 
uno de los últimamente construidos, muy con- 
fortable. Tenia seis chimeneas , un puente 
de 150 metros... ¡"Oh, qué barcol ¡hermosísi- 
mo! ¡Con un capitán encantador, pero con 
una cocina detestablel 

¿Y en qué vapor piensa usted volver, señor 
Catabar? 

No lo sé todavía. Eso no depende de mí. Voy 
a servirles a ustedes una copa de licor. (Se 
sirve una copila.) ¿Coñac, Pablito? 
Gracias: ya he tomado. 
Yo también; pero es muy grato repetir. 
{A Pablo.) Se ha tomado ya tres copas. 
¿Dónde ha cazado usted a este señor Cata- 
bar? 

Es mi padrino el que le ha invitado a pasar 
aquí unos días. Hace años hicieron juntos 
negocios editoriales. Parece que es uno de los 
mejores libreros de América. 
¿No le parece a usted que es un poco ordi- 
nario? 

Es un tipo algo original, pero muy inteligen- 
te. Habla de todo. 
Sí, si es un charlatán; todo lo contrario de su 
sobrina, que nunca abre la boca. 
Es muy tímida; pero Luisa no es tonta. 
La sobrina hace tolerable al tío, ¿no? La conoce 
usted hace mucho tiempo? 
Desde hace quince días. 
¿Nada más? ¡Parece imposible! Les veo a uste- 
des tratarse con tanta confianza. 
No es preciso conocerse de antiguo para... 



— 5i — 

Magd. Ya, ya. Es cuestión de simpatía; nos agrada 
o nos es antipática una persona desde el pri- 
mer momento. ¿Verdad? 

Pabl. ¿Luisa no le es a usted simpática? 

Magd. No me gustan las niñas bobas, pero parece 
una buena muchacha. 

Pab. Aunque no sepa hablar inglés, ni tocar el pia- 

no, ni bailar t\ fox-trot. 

Magd. Creo que nos ocupamos demasiado de esa se- 
ñorita. ¿No tiene usted otro asunto más ameno 
de que tratar? 

Pab. Espere usted, que voy a buscarlo... 

M. Bub. Querida Hortensia, creo que los muchachos se 
entienden a maravilla. 

M. Peq. Cierto, parecen ya dos enamorados. 

Luisa. (Por el hotel.) Ya está revelada y están la- 
vando la placa. 

Cat. ¿Hemos salido bien? 

Luisa. Todos muy bien, menos Magdalena, que ape- 
nas se la ve. 

Magd. Claro, me colocó Pablo tan mal. Voy a ver 
cómo estoy. (Se levanta Pablo y la sigue.) 

M. Bub. ¿Vamos nosotras también, Hortensia? 

M. Peq. Con mucho gusto. (Se van las cuatro por el 
hotel. ) 



ESCENA III 
Luisa y Catabar; luego; Pequét 



Luisa. (Acercándose a Catabar, que dormita en una 
butaca?) ¡Señor Catabar! 

Cat. [Despertando?) ¡Encantadora sobrina! 

Luisa. ¿Tiene usted ganas de dormir la siesta? ¡Es 
natural, después de haber comido tan opípa- 
ramente...! 



— 52 — 

Cat. ¡Sí que he comido bien! 

Luisa. Y ha bebido usted mejor. 

Cat. El señor Pequét tiene unos vinos tan exce- 
lentes... 

Luisa. Esa no es una razón para abusar de ellos. 
Querido tío, está usted dejando en muy mal 
lugar a su sobrina. Crea usted que no es agra- 
dable oír cómo se burla de usted Magdalena 
delante de mí. Debe usted tener un poco más 
de comedimiento y no empinar tanto el codo. 

Cat. ¿Qué quieres que te diga...? ¡Tengo necesidad 
de aturdirme, para olvidar! Yo bebo, porque 
tengo muchas preocupaciones y muy gravísi- 
mas responsabilidades. 

Luisa. ¿Alude usted a nuestra falsa situación en esta 
casa? 

Cat. Claro, y como es una casa estupenda y aquí 
se está muy bien, lo importante para ti es 
quedarte en ella. 

Luisa. No soy de esa opinión. Todas las historias 
inventadas para justificar nuestra presencia 
en esta casa me han hecho perder la alegría. 
Acepté con demasiada ligereza este arreglo 
familiar con usted, que me ha permitido vivir 
cerca de mi padre... Pero yo no puedo conti- 
nuar así. 

Cat. ¿Y yo? (Tú crees que no es violento para mí 
representar un papel tan contrario a mi carác- 
ter, a mi dignidad y a mis principios? ¡Yo abo- 
rrezco la mentira! ¡Yo no sé mentir! Lo único 
para vivir tranquilo en el mundo, es decir 
siempre la verdad. ¡Ah, si uno pudiera decir 
siempre la verdad! 

Luisa. Voy a rogarle a mi padre que, por amor de 
Dios, le confiese francamente a su esposa... 

Cat. Calma. No hay que tener tanta impaciencia. 

Luisa. Es preciso, señor Catabar. Yo no puedo con- 



— 53 — 



Cat. 
Luisa. 

Cat. 



Luisa. 



Cat. 

Luisa. 



Mart. 



Luisa. 
Mart. 



tinuar mintiendo. Mi padre comprenderá mis 
escrúpulos, estoy segura de ello. 
Pero es que arriesgas... 

Tranquilícese usted, que no haré nada sin 
consultar con mi padre, y el decidirá. 
jMi padre, mi padre! no se te cae esa palabra 
de la boca. [Seguramente estarías menos or- 
gullosa si hubieses encontrado a tu padre en- 
tre obreros de una fábrica o entre braceros del 
campo! 

¿Y por qué? ¿Es que en las fábricas y en los 
campos no hay padres a quienes se puede 
querer con toda el alma? ¿Es que hay clases 
para el amor paternal? 
Sin embargo- 
Muchas veces me pregunto si no hubiese sido 
mejor para mí ser la hija de un obrero, porque 
entonces no hubiera salido del medio en que 
yo vivía. {Martín Pequét sale y se queda oyen- 
do desde la puerta lo que habla Luisa.) Y 
tampoco tendría que guardar el incógnito. Ade- 
más, si mi padre hubiese sido pobre, ayudán- 
dole yo con mi trabajo, consolándole y mimán- 
dolele hubiese hecho feliz y no tendría como 
tengo ahora el temor de que me retire su afecto, 
por mi ignorancia o mi torpeza. Estoy segura 
de que hubiese estado más cerca del corazón 
de mi padre si éste hubiera sido pobre. 
Desgraciadamente, soy rico y tienes que re- 
signarte. 
¿Estabas ahí? 

Sí. Los he dejado con el pretexto de venir a 
buscarte. ¿De modo que sientes que yo no sea 
pobre? 

Decía que no te querría menos si hubieses 
sido un obrero. Y eso no te molesta, ¿verdad? 
Al contrario: me encanta. Ya no tendré miedo 



— 54 — 

de arruinarme sabiendo que tú me consolarías, 
me mimarías, y que en caso de necesidad tra- 
bajarías para mí. ¡Luisita de mi alma, abráza- 
me lo mismo que si estuviese arruinado! (Se 
adrazan.) 

Cat. {Mirando a su alrededor con inquietud?) En- 
cuentro muy imprudentes esas confianzas y 
desahogos familiares. 

Luisa. Ayer por bien poquito no nos pescan abrazán- 
donos junto al estanque. 

Mart. Tiene usted razón, Catabar; somos muy im- 
prudentes. 

Luisa. ¡Y hemos de estar siempre así! 

Mart. Yo también deseo una situación clara lo antes 
posible. (A Catabar?) Pero me parece que no 
es éste el momento oportuno. 

Cat. ¿Lo ves? Tu padre opina como yo. (A Peque't.) 
Luisa quería acelerar las cosas, confesárselo 
todo a Hortensia; yo le suplico a usted que le 
haga comprender las razones que lo impiden... 
por ahora. 

Luisa. Señor Catabar, ya le he dicho a usted... 

Cat. Sé lo que me has dicho y te dejo sola con tu 
padre. (A Peque't.) Voy a vigilar por ahí den- 
tro, así pueden hablar tranquilos. 

Mart. Muy bien, y le agradeceremos que nos avise. 

Cat. Estornudaré si alguien se acerca. (Se va hacia 
la casa.) 

Mart. Comprendido. María Luisita... {La coge las 
manos. Catabar estornuda.) Alguien viene. 
{Soltando las manos de Luisa) 

Cat. No, no viene nadie. Era un ensayo, un simple 
ejercicio estornudatorio. {Hace mutis?) 



5.5 — 



ESCENA IV 
Luisa y Mastín Péquét. 

El señor Catabar está muy alegre. 
No hablemos de él porque para nosotros el 
tiempo es oro. Vamos a cuentas. ¿En qué gra- 
do de simpatía estás tú con mi mujer? 
No lo sé. Apenas me dirige la palabra, y eso 
me descorazona. 

Ten un poco de paciencia, créeme. Una con- 
fesión ahora podría ser inoportuna y compro- 
meterlo todo. Hay que escoger el momento 
propicio. Supongamos que ella te rechaza. 
Pues me iría de aquí en el acto y ya nos ve- 
ríamos en otra parte. 

¿Y podrías abandonarme? ¿Vivir lejos de mí? 
Me daría mucha pena, pero... 
No, no puedo soportar la idea de una separa- 
ción; no quiero perder ni un solo instante de 
estar junto a ti. 

Te quiero con veinte años de retraso, y ya 
que he hecho el ahorro de veinte años de ca- 
riño, justo es que ahora me beneficie de él 
con los intereses acumulados. 
¡Qué buen usurero eres! 

Como que tú eres el tesoro, y quiero guardar- 
te. Piensa que no te he visto crecer. Cuando 
te he conocido, cuando he conocido a mi hija, 
soy ya un pobre viejo. 
¡Papá...! No digas eso. ¿Tú viejo? 
Es triste y desolador pensar que, no tengo ni 
un rinconcito siquiera en tu memoria. 
{Poniéndole una mano sobre su corazón?) ¡Y 
eso qué importa si es tuyo todo mi corazón! 



- 56- 

Mart. ¡Hija mía! 

Luisa. Debes pensar en cambio que no me has rega- 
ñado nunca, ni me has castigado. Yo he co- 
nocido a un papá que me mima, que me ado- 
ra. Y yo te quiero más a mi gusto, más libre- 
mente, como a un papá que yo hubiese esco- 
gido a mi placer. 



ESCENA V 
Dichos y Madame Pequét 



M. Peq. {Por la derecha?) ¡Ah! ¿Pero está aquí Luisa? 
Andan buscándola a usted por todas partes. 

Mart. Yo tengo la culpa. La entretuve charlando. 

M. Peq. La esperan a usted para empezar un partido de 
tennis, y los jugadores están impacientes. 

Luisa. Pues voy a escape. {Hace mutis por la de- 
recha?) 

Mart. ¿No vienes a ver el partido? 

M. Peq. ¿Es que no puedes separarte de ella ni un 
instante? 

Mart. ¿A qué viene eso? ¿Vas a molestarte porque 
me has visto charlando con Luisa? 

M. Peq. ¿Y de qué hablabais, si no es indiscreción? 

Mart. De una porción de cosas: de sus gustos, de 
sus aficiones, de su pasado, de su porvenir. 

M. Peq. ¿Y tú crees que a Luisa no le gusta más 
jugar al tennis con los muchachos de su edad, 
que hacer compañía a un vejestorio como tú? 
Te estás poniendo en ridículo, y, además, la 
comprometes. 

Mart. ¿Que yo la comprometo? ¿Pero tú olvidas que 
yo podría ser su pa...? {Conteniéndose?) En 
fin, que tengo treinta años más que ella. 

M. Peq. Eres tú el que te olvidas de ese detalle. 



— 57 



Pero ¿a qué vienen esos reproches? Luisa llena 
de alegría, de juventud y de vida nuestra casa, 
y yo soy feliz con ello, ¿qué quieres que te 
diga? 

Desde que Luisa está aquí, no piensas nada 
más que en ella y no vives nada más que 
para ella. 

Pero, Hortensia, ¿es que vas a tener celos de 
esa pobre niña? 

¿Celos? ¡No! No hay más que mirarla, para es- 
tar segura de que es incapaz... 
Entonces, ¿que es lo que te preocupa? 
¡Me preocupa todol Esa llegada repentina y 
misteriosa del tío y la sobrina. 
No veo el misterio. 

No me habías hablado jamás del uno ni de la 
otra. 

Catabar es un antiguo amigo, a quien estimo. 
Eso no es verdad; te conozco muy bien. Cata- 
bar no te es simpático, casi te molesta, y has- 
ta evitas estrecharle la mano. 
Pero su sobrina es una muchacha irrepro- 
chable. 

Eso es precisamente lo que no comprendo. Yo 
estoy cierta de que la muchacha es honrada, 
franca y leal, pero aquí existe un misterio 
que... 

Me gusta hablar con ella, no te lo oculto. 
Pero en cuanto yo llego, os calláis. Parece 
que os molesto. 
¿Cómo es posible? 

No se os ve contentos más que cuando estáis 
los dos solos. Huís de mí, os alejáis de mí, y 
parece... como si... 
Te aseguro que te equivocas. 
¿Te atreverías a decirme, cara a cara, que en- 
tre vosotros dos no hay un secreto? ¿Te atre- 



-58 



verías a jurármelo? {Mirándole fijamente a los 
ojos) 

Mart. ¡No puedo más! Es verdad, tienes razón. Hay 
un secreto entre los dos, y te lo revelaré en 
cuanto los Bubié se marchen. 

M. Peq. Quiero saberlo en seguida; te exijo una expli- 
cación inmediata; quiero saber la verdad, sea 
la que sea. 

Mart. ¡Está bien! Escucha mi confesión. Vale más 
que lo sepas todo. Efectivamente, siento por 
Luisa un cariño muy grande; pero es un cari- 
ño noble y legítimo. ¡Luisa es hija mía! 

M. Peq. ¡Tu hija! ¡Tú tienes una hija de veinte años! 
¿Y es hoy cuando yo me entero de ello? 

Mart. Hace un mes yo no sabía nada tampoco. Ni 
que existiese siquiera. 

M. Peq. Y la has traído aquí, a mi casa ¡a mi casal y 
me has ocultado... 

Mart. Escucha. Voy a explicártelo todo lealmente. 

M. Peq. ¿Qué explicaciones puedes darme? No necesito 
explicaciones para saber que me has mentido 
y que, fraudulentamente, has introducido a tu 
hija en mi hogar. Has abusado de mi confian- 
za para imponérmela por sorpresa, para insta- 
lármela aquí, para que yo tenga siempre ante 
los ojos la prueba viviente de otro amor. 
¡Cómo debes haberte reído al ver juntas a tu 
mujer y a la hija de la otra, de tu amante! 

Mart. Su madre murió hace veinte años. 

M. Peq. ¡Su hija! ¡Su hija! [A Pequél.) Está bien; será 
tu nija, pero para mí es una extraña, ¿lo oyes? 
Yo no puedo aceptar, ni aceptaré nunca, que 
la tengas junto a ti. ¡Nunca! ¡Jamás! No tole- 
raré su presencia, porque sería mi adversaria; 
sí, mi adversaria. Ella, ella, tu cómplice en 
esta infamia... 

Mart. Te ruego que no te expreses con esa ira, con 



— 59 — 



esa cólera, y te suplico que no pronuncies pa- 
labras de las que tú misma te arrepentirías 
después. Comprendo que te indignes, que tu 
amargura sea grande, porque la revelación que 
acabo de hacerte es muy grave y puede tras- 
tornar nuestra vida, pero hay que aceptar los 
hechos consumados, y puesto que he encon- 
trado a mi hija y ella merece mi afecto, es muy 
disculpable que yo quiera tenerla cerca de mí. 
¡Se irá! ¿Qué haría entre nosotros? Evocar el 
pasado. 

¡Si tú supieras qué olvidado está todo! ¡Cómo 
ha muerto ya todo ese pasado..,! 
No, no; yo no podría acostumbrarme nunca. 
No te pido que te resignes a estimarla, ni a 
quererla: te pido nada más que no la arrojes 
de aquí, que la dejes estar a mi lado, porque... 
porque yo no puedo ya vivir sin ella. 
¿No puedes vivir sin ella? ¿Hasta ese punto he- 
mos llegado? Eso quiere decir que te podrías 
pasar más fácilmente sin mí. 
¡Dios mío! ¿Cómo puedes pensar eso? Si he 
hablado de Luisa con demasiada exaltación, 
perdóname, no quería ofenderte. Veo que, in- 
voluntariamente, he perjudicado a la pobre 
muchacha. Tú no le perdonas el interés que 
me inspira; el tuyo es un sentimiento instin- 
tivo de irreflexión, pero injusto, Hortensia. 
Te ruego que hagas un sacrificio por ti mis- 
ma, por piedad, por mí, un santo sacrificio 
que yo te imploro por su felicidad, por la fe- 
licidad de todos. 

¡Tú me pides... tú quieres inmolarme a tu hija, 
apartarme de ti, hacerle un sitio preferente en 
tu corazón; sí, preferente, porque ya has esco- 
gido y la prefieres a ella, a ella, a quien no co- 
nocías hace un mesl ¡Qué pronto me ha reem- 



6o 



plazado en tu corazón! Está bien; abandóname 
por ella; yo no soy para ti más que una pobre 
vieja inútil, puesto que ni siquiera he sabido 
ser madre. 

Mart. ¿Pero es posible que tú hables así, Hortensia 
de mi alma? Después de haber vivido veinte 
años juntos, sin un desacuerdo serio, sin un 
disgusto, sin una .palabra desagradable... 

M. Peq. ¿Cómo quieres que no sufra cuando te oigo 
hablar de ella con un entusiasmo que me hie- 
re, que me exaspera, cuando veo que Luisa lo 
es todo para ti. 

Mart. No, Hortensia, no. Luisa no lo es todo para 
mí. Tú eres y serás siempre, siempre, mi mu- 
jer, a la que yo respeto, a la que adoro. Yo no 
resolveré nada sin ti; tú serás el juez que todo 
lo decida; serás tú la que me dictará mi deber. 
Tengo confianza de que cuando conozcas la 
historia de Luisa comprenderás mi ternura por 
ella. No debes recriminarla; ella te quiere, te 
quiere y desea con toda su alma conquistar tu 
estimación y tu cariño. Luisa quisiera que tú 
fueras esa madre que ella no ha conocido nun- 
ca. Y espera que lo serás, porque yo le he dicho 
que eso era posible, porque tú eres buena, in- 
dulgente y generosa. 

M. Peq. Si pretendes conmoverme con adulaciones y 
lisonjas... 

Mart. No, Hortensia, no te digo nada más que la 
verdad. Tú eres muy buena y serás piadosa. 
Estoy seguro de lo que digo. Tú no arrojarás a 
Luisa de esta casa. Dime que se queda, díme- 
lo; dime que se quedará aquí y no sabes 
cuanto, cuanto te adoraremos los dos. 

M. Peq. ¡Ven... abrázame...! (Se abrazan.) 



6i 



ESCENA VI 

í Dichos, Pablo, Luisa, Magdalena, Bubib, Madame 
Bubié, que vienen por la derecha. 

(Apresuradísimo) ¡Tía, tía, una venda! 
¿Para qué? ¿Qué ha ocurrido? 
No es nada de particular. 
Un accidente del juego. 
¿Pero qué ha sido? 

Luisa, que ha recibido un pelotazo en un ojo. 
¿En un ojo? Pero eso es peligrosísimo. 
¡Vamos a ver! ¡Vamos a ver! 
Luisa estaba inclinada recogiendo una pelota 
que había caído junto a la red, y al incorpo- 
rarse le dio Magdalena un pelotazo. 
(Entrando con Luisa, que se tapa un ojo 
con la mano) Yo he sido, yo, que soy muy 
torpe, y le di sin querer; lo siento con toda 
mi alma. 

(A Hortensia, que le examina el ojo.) Si no 
es nada, no es nada. (Hortensia coge el pa- 
ñuelo de Luisa y lo moja con el agua de 
una copa; después se lo pone en el ojo.) 
Voy a telefonear al médico. 
Nosotros mismos le avisaremos al irnos. 
Y yo voy a la botica, que está aquí cerca, por- 
que suele ir el médico a estas horas. (Vase 
precipitadamente) 

Vamos a decirle al doctor que venga en segui- 
da, y mañana ya no tendrá nada. 
(A Pablo.) Llama a Germán. (Pablo se acerca 
a la puerta del hotel) 

¡Vamonos, mamá! ¡Adiós, señora! ¡Adiós, 
Pablo! 



— 62 — 

M. Bub. Siento mucho lo sucedido, amiga Hortensia... 

M. Peq. Espero que no será nada. ¡Pablo, acompaña a 
las señoras! (Se van por la derecha Magda- 
lena, Bubié, Madame Bubié y Pablo^) 



ESCENA VII 
Madame Pequét, Luisa, Pablo y Germán. 



M. Peq. ¿Le duele a usted mucho? 

Luisa. Un poco... ¿Tengo alguna señal? 

M. Peq. Apenas; el ojo, ligeramente encarnado. 

Luisa. Parece que tengo algo de inflamación. 

Ger. ¿Llamaba la señora? 

M. Peq. Dígale usted a la doncella que le dé el fras- 
quito del árnica y un pañuelo grande. 

Luisa. ¿Y mi tío, Germán? 

Ger. Está durmiendo. 

M. Peq. Traiga eso en seguida. (Vase Germán). 

Luisa. Cuánto siento, señora, ocasionarle a usted 
todas estas molestias. 

M. Peq. Eso es lo de menos. 

Luisa. Mañana tendré un cardenal bien grande. Voy 
a estar bonita. {Intenta tocarse el ojo.) 

M. Peq. No se toque usted. 

Pab. (Volviendo.) Ya se han ido los señores de 
Bubié, tiíta de mi alma; otro casamiento fa- 
llido. 

Ger. ( Con varios f ras quitos y un pañuelo grande.) 
Esto me ha dado la doncella, porque no sabe 
cuál es el árnica. 

M. Peq. Déme. (Recoge los frasquitos y lee las etique- 
tas.) 

Pab. (A Luisa.) Estoy completamente seguro de 
que Magdalena lo ha hecho adrede. 

Luisa. Ño lo creo. 



63 



Pab. Y lo ha hecho adrede, porque tiene celos de 
usted. 

Luisa. ¿De mí? 

Pab. ¡Y con razón! Porque vale usted cien veces 

más que ella. 

M. Peq. (A Germán, después de haber mirado todos 
los frascos) Tintura de yodo, agua oxigena- 
da, agua de rosas, éter..., pero, ¿dónde está el 
árnica? 

Ger. No lo sé, señora. 

M. Peq. Pablo, sube tú a buscarla. Mira a ver si está 
el árnica en el estantito de mi cuarto. (Vase 
Pablo) 

Ger. Siento no haber acertado, señora. 

M. Peq. En cambio, se ha acordado usted de llenar de 
flores los búcaros de mi tocador. 

Ger. No he sido yo, señora. Ha sido la señorita 
Luisa. 

Luisa. Me tomé esa libertad. Como sé que le gustan 
a usted mucho las flores y cogí esta mañana 
tantas rosas... 

M. Peq. Llévese usted todo esto, Germán. {Germán re- 
coge los frasquitos y se los lleva) Estimo 
muchísimo su atención, y siento no haberlo 
sabido antes para darle a usted las gracias. 

Luisa. ¡Por tan poca cosa, señora! 

M. Peq. Debe usted haberme encontrado algo fría y 
poco cordial con usted. 

Luisa. Señora, eso es muy natural. ¡Me conoce usted 
desde hace tan pocos días! 

M. Peq. He sido injusta con usted, pero había entre 
nosotras una situación equívoca, y ahora me 
complace decirle que ya la considero como si 
formase usted parte de la familia. 

Luisa. ¡Señora, qué buena es usted! 

M. Peq. Quiero que seamos amigas, muy buenas 
amigas. 



- 6 4 



Luisa, 



M. Peq. 
Luisa. 



M. Peq. 

Luisa. 
M. Peq. 
Luisa. 
M. Peq. 
Luisa. 



¡Ah, señora! yo no puedo dejarle a usted que 
me hable con esta confianza, ni con tanto 
cariño; no sería noble por mi parte y me 
creería culpable. 
¿Por qué? 

¡No me pregunte usted nada! Yo no quiero 
mentirle a usted, pero tampoco puedo decirle 
la verdad. Deje usfed que pasen algunos días, 
unas horas nada más... y... 
No tenga usted temor ninguno... Estoy al co- 
rriente de todo. 

¿Su esposo de usted le ha dicho...? 
Sí, hija mía. Abráceme usted. 
(Levantándose^ Señora... 
No me llames señora. Llámame madre. 
[Entre sollozos y abrazándose a Horten- 
sia^) ¡Mamá! 



telón 



ACTO CUARTO 



La misma decoración del acto tercero. 



ESCENA PRIMERA 
Pablo, Germán y Luisa. 

(Al levantarse el telón, Germán está colocando las 
sillas) 



Pab. 

Ger. 
Pab. 



Ger. 

Pab. 
Ger. 

Pab. 



Luisa. 

Pab. 
Luisa. 



(Entrando por la derecha) ¡Buenos días, 
Germán! 

¿Cómo usted tan temprano, señorito? 
No tan temprano: son las ocho y media. He 
tomado el primer tren y me he venido a pie 
desde la estación. ¿No se ha levantado nadie 
todavía? 

No he visto más que a la señorita Luisa en el 
jardín. 

Ahora no dirán mis tíos que les olvido. 
Es verdad; ahora viene el señorito casi todos 
los días. 

[Mirando desde la terraza) ¡En esta época 
está el campo tan hermoso! ¡Áh! Allí está la 
señorita Luisa. ¡Buenos días! 
(Dentro) ¿Pero es usted, Pablo? ¿Y cómo tan 
temprano por aquí? 
Ése tan temprano, ¿es un reproche? 
Nada de eso. Es que me ha sorprendido. (En- 
tra con un cestillo lleno de frutas) jBuenos 
díasl No le esperábamos a usted hasta maña- 



66 



na..., Germán. {Dándole el cestillo.) Lleve us- 
ted esta fruta al comedor. {Vase Germán?) 
¿Trae usted los periódicos de París? 

Pab. Los periódicos y una gran noticia. 

Luisa. ¿Qué noticia? 

Pab. {Muy alegre.) Que Magdalena Bubié se casa. 

Luisa. ¿Con usted? 

Pab. No sea usted mala. s Vea usted. (Enseñando 
un periódico.) Aquí lo dice. Se casa con el 
marido de una amiga. 

Luisa. ¿Cómo? ¿Con el marido? 

Pab. Con el ex marido. Con el señor Parmán, que 
se divorció hace un año. Soy libre, absoluta- 
mente libre, y ahora, Luisa, ya no hay ningu- 
na razón para que usted no quiera escuchar- 
me. {Desdoblando el periódico.) Oiga usted: 
«En casa de los señores de Bubié se celebró 
ayer un gran baile para festejar los esponsa- 
les de su hija Magdalena con el acaudalado 
negociante señor Parmán. Figuraban entre los 
asistentes, etcétera, eto Libre, ya soy libre, 
libre, y hay que decirme sí o no. 

Luisa. Pablo: no puedo responderle a usted tan pron- 
to como usted desea. No le digo a usted que 
no, pero... No puedo comprometerme a nada 
antes de que mi situación esté clara y defini- 
da. Usted no puede casarse con una mujer 
cuya fe de bautismo no está en regla. Yo quie- 
ro que sepa usted quién es mi familia. 

Pab. jQué me importa eso! Yo me caso con usted, y 
me es igual que no tenga usted familia, ni 
dote. 

Luisa. Sus palabras son un poco anárquicas. Rompe 
usted con todas las tradiciones, y estoy segu- 
ra de que su padre de usted no le permitiría 
casarse. 

Pab. Mi padre hará lo que yo quiera. 



6; 



Luisa. 



Pab. 
Luisa. 



Pab. 

Luisa. 

Ger. 

Luisa. 

Ger. 



Luisa. 

Pab. 
Luisa. 



No, Pablo, r\p. Es necesario tener paciencia. 
Cuando yo pueda hablar seré muy feliz acce- 
diendo a sus deseos, y le prometo a usted una 
sorpresa, una gran sorpresa. 
¿Qué sorpresa? 

No sea usted indiscreto. Me pregunta usted 
cosas a las cuales no puedo responder. Le re- 
pito que tenga un poco de paciencia. 
¡Paciencia, paciencia! Eso es muy fácil de de- 
cir, pero yo no la tengo. 
Pues no hay más remedio que tenerla, amigo 
mío. 

¡Señorita Luisa! 
¿Qué quieres? 

Acaba de llegar de París una joven que desea 
verla a usted. Me ha dicho que anuncie a la 
señorita Alicia. 

¿Alicia aquí? ¡Que pase en seguida! (Vase 
Germán.) Es una íntima amiga mía. 
¿Y viene a verla a usted desde París? 
Ya lo ha oído usted. Es más simpática... 
más buena... 



ESCENA II 
Luisa, Alicia, Pablo y Germán. 

(Volviendo con Alicia?) ¡Pase usted señorita! 

(Vase Germán.) 

¡Qué sorpresa tan agradable! (Besando a 

Alicia) ¿Cómo estás? Te presento a Pablo 

Rivért, sobrino del señor Pequét. Mi amiga 

Alicia. 

(Inclinándose.) Señorita... 

Vamonos a mi cuarto. 

¡No, por Dios!, pueden ustedes quedarse aquí, 



V 



— 68 

yo les dejo solas para que puedan ustedes 
charlar lo que gusten. A los pies de usted, 
señorita. (Se va por la derecha?) 

Luisa. ¿Y cómo se te ha ocurrido venir a verme? 

Alic. (Misteriosamente?) ¡Chist! ¿estamos solas? 

Luisa. Ya ves que sí. 

Alic. ¿No estará escondido por ahí ese señor y nos 
oirá. 

Luisa. Seguramente que no. ¿Pero qué pasa? ¿Qué 
tienes? 

Alic. ¡Chist! Habla bajo. Vamos a ver. ¿Estás con- 
tenta aquí? ¿Estás en esta casa por tu gusto? 

Luisa. Todos en esta casa son muy buenos para mí. 

Alic. Luisa, desconfía, desconfía; estoy segura de 
que se trama algo malo contra ti. Este hotel 
puede ser una guarida de ladrones, y Martín 
Pequét el jefe de la banda. 

Luisa. ¿Pero te has vuelto loca? 

Alic. Nada de eso. Si tú hubieses visto, como he 
visto yo, lo que ha pasado a miss Mary Pikf- 
fort... 

Luisa. ¿Miss Mary? ¿Quién es ésa? ¿Una nueva com- 
pañera del obrador? 

Alic. No, mujer. Miss Mary es la protagonista de 
aquella película que vimos juntas, El trián- 
gulo verde, ¿no te acuerdas? 

Luisa. ¡Ah!, sí, en el cine. 

Alic. He visto el octavo episodio, ¡es terrible! La 
citan para que caiga ert un lazo: unos bandi- 
dos le hacen creer que han encontrado a su 
prometido. Monta con ellos en un auto, sin 
desconfianza ninguna, y ahora está prisioner 
en el castillo, sin más compañía que un perro. 
¡Es espantoso! 

Luisa. Vamos, veo que te ha perturbado el cine. 

Alic. No lo tomes a broma. Esa película ha sido 
para mí una revelación. Precisamente, uno 



69 



Luisa. 
Alic. 
Luisa. 
Alic. 



Luisa. 



Alic. 
Luisa. 



Alic. 

Luisa. 
Alic. 



Luisa. 
Auc. 



de los bandidos se parece mucho al señor 
Catabar. 

Eso sí es posible. 
Acaso sea él mismo. 
¡Qué tonta eres! 

¿Tú estás bien segura de que no corres ningún 
peligro? ¿Tú no has notado nada anormal en 
este hotel. 

Este hotel no tiene nada de misterioso, te lo 
aseguro. Aquí se hace una honrada vida de 
familia, y desde que la señora de Pequét lo 
sabe todo... 

¡Ah! ¿Ya lo sabe? ¿Ya es oficial la cosa? 
Del todo, todavía no. Para los criados y para 
las visitas aún soy la sobrina de Catabar. 
Estamos esperando unos documentos que tie- 
nen que venir de Inglaterra; pero dentro de dos 
o tres días seré oficialmente la señorita de 
Pequét... 

Ya... Eso es otra cosa, y veo que me he equi- 
vocado. Pero como te quiero mucho he queri- 
do venir para darte cuenta exacta de tu situa- 
ción; perdóname. 

Tu interés me demuestra que eres buena ami- 
ga, pero te advierto que te perjudica tener 
tanta imaginación. 

Qué quieres... Después de tu marcha hubo en 
el barrio una de habladurías, de chismes, de 
comadreos, cada cual decía lo suyo, y yo me 
contagié. 

¿Y qué es lo que decían? Me gustaría saberlo. 
Decían y dicen que hay algo obscuro en este 
asunto. Que este señor Pequét debe valer poco 
más o menos lo que el señor Catabar, que los 
dos son muy capaces de preparar un atenta- 
do, y que la policía debía tomar parte en esta 
aventura. 



;o 



Luisa. ¡Qué estúpida es la gente! ¿Y tú crees lo que 
dicen? 

Alic. No; pero tampoco estaba muy tranquila. A 
cada momento me decía a mí misma: «Alicia, 
todo lo que sucede es por culpa tuya». 

Luisa. ¿Por culpa tuya? 

Alic. Sí, porque fué a mí. a quien se dirigió el señor 
Catabar para saber detalles de tu vida, y cuan- 
do supo que tú no habías conocido a tu familia 
le interesó tanto, que... 

Luisa. No me has dicho nunca nada de eso. 

Alic. Al principio no puse atención en ello, pero 
después, sí, cuando vi el último episodio de 
El triángulo verde. 

Luisa. ¿Pero no serías tú la que le dijese que tengo 
un lunar grande en el brazo? 

Alic. No, eso se lo dijo la portera. 

Luisa. ¿Qué portera? 

Alic. La nuestra; el mismo día que encontraste a- tu 
padre alguien fué a pedir informes, noticias, 
detalles, indicios tuyos a la portería de nuestra 
casa. 

Luisa. ¿Y quién fué a pedir todo eso? 

Alic. Por las señas que me dieron debió ser el due- 
ño del restaurant, el señor Turbért. 

Luisa. ¿Estás segura? ¡Eso que me dices es muy gra- 
ve! ¿A qué hora estuvo en la portería ese 
hombre? 

AliC. Poco antes de mediodía. ¿Pero a qué vienen 
ahora todas esas preguntas? 

Luisa. Porque tu relato no concuerda del todo con el 
de Catabar, porque te creo a ti más que a é\ y 
porque es preciso que yo sepa resueltamente 
a qué carta quedarme. 

Alic. ¡Cálmate! Ahora eres tú la que está nerviosa e 
intranquila. Explícame. 

Luisa. No puedo explicarte nada; pero tengo un pre- 



n 



sentimiento y un temor que me enloquece. 
¡Ahora recuerdo bien las palabras de ese Ca- 
tabar y cómo se vanagloriaba de haberme * es- 
cogido un padre rico, con mucho dinero! Me 
asusta adivinar la verdad. Tengo miedo. Ali- 
cia, es absolutamente preciso que hagas me- 
moria exacta de todos tus recuerdos y que me 
repitas, palabra por palabra, todo lo que ha- 
blaste aquel día con Catabar; no me ocultes 
nada, y si... 
ALIC. Cuidado, que viene alguien. 



ESCENA III 

Dichos, Catabar y Mme. Pequét, que vienen por la 
derecha. 



M. Peq. Pase usted, señor Catabar, aquí hablaremos 
más a gusto. [Hace que pase Catabar delante 
de ella y dice al ver a Luisa y a Alicia!) ¡Oh, 
perdón, Luisa! ¿Tienes una visita? 

Luisa. Mi amiga Alicia, de la cual le he hablado a 
usted tantas veces. (A Alicia.) La señora de 
Pequét. 

Alic. ¡Tanto gusto, señora! 

M. Peq. Luisa la quiere a usted mucho, señorita. Nos 
habla de usted con mucha frecuencia. 

Cat. No la había conocido a usted, Alicia. 

Alic. Ni yo a usted tampoco, señor Catabar. Ha en- 
gordado usted mucho. 

Cat. Es posible. Como bien. 

M. Peq. Luisa: invitarás a tu amiga a comer con nos- 
otros. 

Alic. Muchas gracias, señora, pero tengo precisión 
de regresar a París en seguida. 

M. Peq. Lo siento de veras, señorita. 



_ 7 2 — 

Luisa. Te acompañaré hasta la estación. Tengo que 
decirte aún muchas cosas. (A Hortensia?) 
Vuelvo en seguida. 

Alic. Que usted lo pase bien, señora. Señor Cata- 
bar... (Le dice adiós con la mano?) jAy, 
Luisa! 

Luisa. ¿Qué quieres? 

Alic. Te aseguro que Catabar es el mismo bandido 
de la película. (Se van las dos por la derecha.) 



ESCENA IV 
Mme. Pequ-t y Catabar. 

M. Peq. Señor Catabar: es preciso que tengamos una 
explicación seria. 

Cat. Soy de la misma opinión, señora; es necesario 
que nos expliquemos, porque estoy muy sor- 
prendido del cambio operado en la actitud del 
señor Pequét hacia mi humilde persona. 

M. Peq. ¿Se ha dado usted cuenta de ello? 

Cat. No soy ciego, señora, Noto que se me trata 
con muy poca consideración; me han supri- 
mido el café, los licores y los cigarros puros. 
He llegado a pensar si mi presencia en esta 
casa es un estorbo, y estoy dispuesto a mar- 
charme; pero antes quisiera que el señor Pe- 
quét... 

M. Peq. Pronto tendrá usted ocasión de explicarse con 
mi esposo; pero he querido hacerlo yo antes 
por interés suyo, señor Catabar. 

Cat. No la entiendo a usted. 

M. Peq. Señor Catabar: ¿de dónde proceden los docu- 
mentos que usted nos ha enseñado y qué prue- 
bas tiene usted para demostrar que pertenecen 
a Luisa? 



— 73 — 

Cat. [Ah, señora! Si usted sospecha de mi bue- 
na fe... 
M. Peq. Su buena fe ha podido ser sorprendida. Cuan- 
do se trata de introducir un hijo en una fami- 
lia, hay que rodearse de todas las garantías 
y hace falta tomar toda clase de precauciones. 
Yo creo que este asunto se ha llevado con un 
poco de... precipitación, de ligereza. Sea usted 
franco, ¿no es usted de mi opinión? 
!)at. ¡Por Dios, señora!, entre gentes honradas la 
confianza y la franqueza son de rigor. En efec- 
to, puede que en el caso actual el señor Pe- 
quét haya procedido de ligero. Debió seguir 
mis consejos, darme cierta cantidad para esa 
muchacha y no volverse a ocupar más del 
asunto. 

Peq. Pero tal vez usted tampoco haya sido lo sufi- 
cientemente previsor. 

T. Es mi carácter, señora. Yo soy confiado y 
crédulo. Yo no desconfío nunca de nadie, a 
pesar de saber que en el mundo hay muchos 
pillos y muchos granujas. 

Peq. Precisamente, señor Catabar, porque hay en 
el mundo tantos pillos y tantos granujas, es 
por lo que a mi marido a mí nos asusta pen- 
sar en que hayamos caído en sus manos, y es 
necesario que usted nos ayude a descubrirlos. 
Es preciso que no haya la menor duda sobre 
el nacimiento de Luisa, ni que nosotros poda- 
mos creer que usted es cómplice de una mala 
acción. 

¡Ah, señora!, esas insinuaciones me ofen- 
den y... 

Peq. Señor Catabar: un poco de calma. Reconozca 
usted los esfuerzos que estoy haciendo para 
no llamar a las cosas por su verdadero nom- 
bre. Esperaba que me comprendiese usted con 



— 74 — 

medias palabras, pero veo que hay que ha- 
blarle a usted muy claro y sin reticencias. 

Cat. Eso pido. 

M. Peq. Pues, bien: mi esposo está indignado con us- 
ted. Ha escrito una carta a Inglaterra. 

Cat. Lo sé. 

M. Peq. No, no lo sabe usted. Ha encargado a un¡ 
amigo suyo que se informe... 

Cat. Fui yo el que le aconsejó que escribiera a 
New Castle. 

M. Peq. Sí, señor; pero como la respuesta tardaba, lle- 
gó a preocuparse, hasta el punto de que quiere 
ir él mismo a New Castle para hacer una inda- 
gatoria y, si preciso fuera, presentar una de- 
nuncia; pero yo prefiero que usted, sin ruido y 
sin escándalo, me diga la verdad. 

Cat. Veo que la han encargado a usted de hacerme 
hablar para ver si caigo en la trampa. 

M. Peq. Todo lo contrario: quiero evitarle a usted un 
choque violento con mi esposo. Usted va 
creerme demasiado ingenua; pero yo espero 
que usted no se atreverá a mentirme. No cree 
que usted sea una mala persona. Usted no es 
un hombre pervertido, no es usted nada máí 
que un hombre débil. 

Cat. ¡Ah! Eso es; sí, señora, yo soy un hombre 
débil. 

M. Peq. Pues, bien: hable usted con toda franqueza 
dígame usted una sola palabra, ni eso siquie- 
ra: respóndame usted con un movimiento dí 
cabeza, y todo le será perdonado. ¿De veras es 
Luisa hija de mi esposo? ¿No, verdad que noi 
(Catabar hace un signo negativo con la ca- 
beza.) ¡No! jEstaba segura! No necesitaba que 
usted me lo dijera. Hay intuiciones que nc 
engañan nunca. ¿Y usted se atrevió a hacerle 
creer a esa niña que había encontrado a si 



— 75 — 

familia. ¿Cómo pudo usted hacer una cosa se- 
mejante, señor Catabar? 

Cat. ¡Señora!... Cuando se necesita dinero... cuan- 
do hay que luchar por la vida... 

M. Peq. ¡No busque usted excusas! ¡Es un crimen abo- 
minable el que ha cometido usted! ¿Qué daño 
le había hecho a usted esa pobre niña y qué 
mal le habíamos hecho a usted nosotros? 

Cat. ¡Señora!: yo podría contestarle a usted que las 
ideas sobre la moral no son las mismas en un 
hotel que en un tugurio. ¿Pero para qué? Para 
que usted pudiera encontrarme disculpa, era 
preciso que usted hubiera conocido el hambre 
y la miseria. Hay momentos en la vida que 
no se piensa en nada, y en que se está dis- 
puesto a todo. Los escrúpulos, el miedo al 
castigo, el dolor ajeno, todo eso no supone 
nada ante los calambres de un estómago ham- 
briento. No me juzgue usted, pues, severa- 
mente, señora. 

M. Peq. N© le juzgo a usted, le compadezco nada más. 
{Sale por la derecha Martín Peque t.) 



ESCENA V 
Dichos y Martín Pequét 

M. Peq. ¿Tú me habías prometido...? 

Mart. Está tranquila; poseo la calma y la serenidad 

suficientes para interrogar yo mismo al señor 

Catabar. 
M. Peq. Es inútil, acaba de confesármelo todo. 
Mart. ¡Miserable! 
M. Peq. Te ruego... 
Mart. Descuida. No habrá una palabra más alta que 

otra; aborrezco el escándalo y no le haré el 



7 6 



menor reproche, ¡no los comprendería! El 
mal que usted me ha hecho, señor Catabar, 
no tiene reparación posible, y no hay nada que 
pueda borrarlo ni hacerlo olvidar. Pero, la fal- 
sedad, el uso de documentos falsificados, eso 
es otra cosa, eso es un crimen penado por la 
ley, felizmente. 

Cat. Usted me ha dado su palabra, señora... 

M. Peq. Cierto. He contado con tu bondad, Martín. 

Marx. ¿Mi bondad? Demasiado sabes que la gente de 
esta calaña llama a la bondad tontería, y no 
quiero parecer esta vez tonto; no tengo la 
bondad suficiente para permitirle a usted que 
repita con otro hombre honrado lo que ha 
hecho conmigo. Usted pagará su delito. 

M. Peq. ¡Martín...! 

Mart. ¿Encontrarías justo que este miserable se fuese 
tranquilamente, mientras que Luisa, su pobre 
víctima, se quedara sufriendo sola la falta que 
este canalla ha cometido? 

Cat. ¿Mi víctima? ¡Bah! "¡Bah! No hay que compa- 
decerse tanto de ella. Luisa es como las demás. 

Mart. Calle usted, le prohibo que hable de ella. 
Todo cuanto diga en contra de ese ángel no 
logrará mancharla. He tenido mil ocasiones 
de apreciar su delicadeza, su rectitud y su 
honradez. 

Cat. Todas esas cosas se pueden tener cuando no 
le falta a uno nada. Yo también si fuese rico 
podría permitirme esos lujos. 

Mart. La riqueza no ennoblece el corazón. Si fuese 
usted rico, no podría, con todos sus millones, 
tener un sentimiento noble y desinteresado 
como lo tiene Luisa siendo pobre. 

Cat. Para que usted se convenza de su error, si 

me autoriza que le proponga a la muchacha... 

Mart. Usted no tiene que proponer nada, ni siquiera 



77 



Cat. 



decirle una sola palabra de esta conversación. 
Usted no tiene más que callar y esperar mis 
decisiones. 
Sin embargo... 

No le pido a usted opinión ninguna. Soy yo 
el que debe imponerle a usted su conducta. 
Está usted a mi disposición mientras esté en 
mi poder cierto documento que usted me ha 
entregado. Por ahora, no tengo que decirle a 
usted nada más; pase usted ahí (Señala a la 
derecha), y ya le llamaré cuando le necesite. 
Vayase, y ni una palabra, ni un gesto, o no 
respondo de mí. 

Está bien, obedezco; y puesto que no se me 
permite ni una palabra de protesta, esperaré 
lo que usted ordene. Esto me enseñará en 
adelante a no prestar servicios a nadie. {Vase 
por la derecha?) 



ESCENA VI 
Madame Pequét y Martín Pequét. 



Mart. 
M. Peq 
Mart. 



¡Hipócrita! ¡Canalla! 



¿Y qué vas a hacer ahora? 
Qué quieres que haga si no hay nada que 
hacer, si la falta es irreparable. ¡He tenido tan 
poca prudencia! Me dejé convencer tan can- 
dorosamente, porque fui muy feliz creyéndole. 
¡Pobre niña, tan leal, tan franca, tan buena! 
¡Pobre niña...! 

M. Peq. Te comprendo, es muy difícil resistir al en- 
canto que la envuelve. ¡Me acostumbré tan 
pronto a tenerla cerca de mí...! 

Mart. jY ahora si se marcha, si nos abandona! 

M. Peq. ¡Es horrible! 



- 78 - 

Mart. Se irá con ella la alegría de esta casa, el en- 
canto de nuestros ojos... ¡Y qué dolor saber 
que está lejos, privada de nuestra protección, 
sin recursos...! ¡Es espantoso! 

M. Peq. Y si lográramos que se quedara con nosotros. 

Mart. ¿Tú querrías? ¿Tú lo permitirías? 

M. Peq. ¿Por qué no? Luisa no ha cambiado. Su bon- 
dad y sus encantos son los mismos, es siem- 
pre digna de nuestro cariño. ¿Por qué se ha de 
ir de nuestra casa? ¡Si no es tu hija, merece 
serlo! 

Mart. ¡Hortensia, esposa mía adorada, y yo que ha- 
bía dudado de tu corazón y de tu generosidad! 

M. Peq. No es generosidad, es egoísmo, puesto que la 
necesitamos para que alegre nuestra vejez. 
Además, no tenemos derecho para dejarla vol- 
ver al medio de donde la sacaste; sería injusto, 
sería un crimen. 

Mart. Tienes razón; pero cuando ella sepa la ver- 
dad... 

M. Peq. Tal vez fuera mejor que... {Entra por la de- 
cha Luisa, avergonzada^) 



ESCENA VII 
Dichos y Luisa. 



Luisa. ¿Les molesto a ustedes? 

Mart. Tú no nos molestas nunca. 

Luisa. Creí que estaban ustedes hablando con el se- 
ñor Catabar. 

M. Peq. Vienes muy emocionada. ¿Qué te pasa, hija 
mía? 

Luisa. Siento que no esté aquí el señor Catabar, para 
hablar delante de él; deben ustedes ponerse en 
guardia contra ese hombre; tengo mis razones 



— 79 



para creer que me ha mentido a mí y nos ha 
engañado a todos. Yo no puedo consentir que 
ustedes crean que ese hombre y yo estábamos 
de acuerdo. Yo les juro que no había hablado 
ni una sola vez con él, hasta el día que usted 
fué al restaurant. 

Pero, ¿qué quieres decir? Explícate. 
Venía dispuesta a todo, decidida, valiente y 
resignada..., y ahora no me atrevo a hablar. 
¡Es tan duro, tan cruel y tan difícil de decir!... 
Ustedes me han acogido y considerado como 
a una verdadera hija. ¡No lo olvidaré nunca, 
nunca! ¡Era tan feliz al lado de ustedes, tan 
feliz... tanto...! 

¿Qué es eso de era? ¿Por qué dices era? ¿Qué 
es lo que ha cambiado? 

Sé que les voy a causar una pena grande; pero 
debo hablar, sería tan desleal si me callara... 
Mi felicidad no es más que un engaño. Yo 
no puedo continuar viviendo aquí, no tengo 
ese derecho. 

¿Quieres abandonarnos? 
No; nosotros no queremos que nos abandones 
y no te dejaremos marchar. 
¡Me voy, me voy! Yo no podría vivir aquí sa- 
biendo lo que sé. 

¿Pero te has vuelto loca? ¿Por qué hablas así? 
Seguramente tu amiga te ha contado alguna 
historia desagradable. ¿Verdad? Pero no debes 
creerla. Martín, habíale tú y dile de una vez 
todo lo que sabes. 

Escúchame, Luisa. No sé lo que habrán podi- 
do decirte, pero la verdad es que yo he recibi- 
do noticias de New Castle. 
Sí. Tú habías escrito a Inglaterra. 
Escribí, e hice que consultaran y comproba- 
ran la autenticidad de mis documentos con 



— 8o — 

el acta de nacimiento dal Registro civil y con 
la fe de bautismo de la parroquia de New 
Castle, y tengo más confianza en estas prue- 
bas escritas, en la copia de estos documentos 
oficiales, que en todas las charlatanerías de 
tu amiga. 

M. Peq. Naturalmente. Tu amiga es muy simpática, 
pero no sabe ni puede saber... 

Mart. ¿Qué es lo que te ha dicho? 

Luisa. Que el señor Catabar ignoraba una hora an- 
tes de presentarme a ti quién era yo. Que ella 
fué la que le dio todos los detalles de mi vida. 

Mart. Pero si Catabar me citó el día antes para que 
yo me encontrara contigo en el restaurant, 

Luisa. Pero, entonces, ¿por qué fueron aquel mismo 
día a pedir informes míos a la portería de mi 
casa? 

Mart. Fui yo el que mandó pedir esos informes. Ca- 
tabar es ante todo un hombre de negocios, y 
no eras tú lo que le interesaba, sino tus pa- 
peles. Su plan era vendérmelos, sin prevenir- 
te, sin consultarte, y entonqes fué cuando me 
dediqué a recoger todos los indicios posibles 
sobre ti. El se informaba por orden mía. 

M. Peq. ¡Claro! 

Luisa. Yo ignoraba que Catabar preguntase por or- 
den tuya. 

Mart. No sólo preguntaba él, sino otros también. 

Luisa. Otros, sí, Turbért; es verdad. Me lo ha dicho 
Alicia. 

Makt. jClaro! Yo no tenía bastante confianza en Ca- 
tabar para creer en su palabra, y recurrí a 
otros informes. Tengo todos tus papeles en re- 
gla. Aquí los tienes, míralos, léelos. (Se ¿os 
enseña.) 

Luisa. Pero si yo no sé inglés. 

Mart. No importa. Voy a traducírtelos. Veintitrés 



8 1 



agosto, etc. En este día ha sido bautizada una 
niña a la que se impone el nombre de María 
Luisa. ¿Lo ves? Aquí el sello déla parroquia, 
y aquí la firma y la rúbrica'dél cura. 
Luisa. Es verdad...; esto está bien claro, María Luisa, 
esto sí lo entiendo. Perdónenme ustedes, he 
tenido tanto miedo que he perdido la cabeza. 
Creí que todo había terminado; ¿qué hubiese 
sido entonces de mí? [No hubiera podido re- 
signarme y me hubiese matado! Ahora me 
parece que les encuentro a ustedes por segun- 
da vez, que les quiero más que ? antes y que 
aprecio más mi felicidad desde que.he creído 
perderla: 



ESCENA FINAL 
Dichos, Pablo y Catabar. 



Pab. 



Cat. 



Mart. 
M. Peq. 
Pab. 



Mart. 



{Saliendo por la derecha con Catabar?) Lui- 
sa: Catabar se ha vuelto loco, dice que usted 
no es sobrina suyat 

Lo ve usted señor Pequét: no me creen cuando 
digo la verdad. ¿Qué debo responder a esté 
joven que me pide la mano de esta señorita? 
¿Su mano? ¿Pero, es de veras? 
¡Ah! ¿Ahora quieres casarte? 
Sí, tía, he encontrado la mujer que ambicio- 
naba. ¿Pero no sé a quién tengo que pedirle 
su mano? 

A mí, si es cierto que quieres casarte con tu 
prima. 

¿Mi prima? ¡Ahí ¿Esa era la sorpresa? 
Sí, esa era Pablo; ya no tengo necesidad de 
presentarle a mi familia, puesto que usted la 
conoce mejor que yo. 



— 82 — 

Cat. (A Pequét.) ¿La deja usted que se lo crea? 

Mart. Sí, y mañana la reconoceré legalmente; no 
quiero que pase usted por un embustero. 

Cat. ¿Entonces, ya no me odia usted? 

Mart. Al contrario, le considero a usted como nues- 
tro bienhechor. {A Pablo y Luisa.) Hijos 
míos: cuando vino Catabar a esta casa, es 
muy posible que rio trajera muy buenas inten- 
ciones en mi favor, y, sin embargo, le debo 
una sorprendente, extraña y deliciosa aven- 
tura. No seré ingrato, señor Catabar; y ya que 
habla usted tanto del Canadá, supongo que 
debe usted tener muchos deseos de conocerle; 
le pagaré a usted el viaje, para que cuide allí 
de mis intereses. 

Cat. Es usted demasiado amable, y yo no debo 
aceptar ese ofrecimiento. 

Mart. No es un ofrecimiento, señor Catabar: es una 
condición. 

Cat. ¡Ah! En ese caso me iré, pero espero aue sea 
generoso con los gastos de viaje. 

M. Peq. Lo veis, la virtud es siempre recompensada. 

Mart. Cierto, sí; pero el crimen queda muchas veces 
impune, ¿verdad, señor Catabar? 

Cat. ¡Pchsl ;Es cuestión de apreciación! 



TELÓN 



Obras de Enrique F. Guíiérrez-Roig. 



La modelo, diálogo en escenas (agotada). 

Géneros del Reino, revista cómica en un acto. 

¡Miedo...!, cuadro de costumbres catalanas. 

¡No lo verán tus ojos!, comedia en tres actos. 

La noche del baile, juguete cómico en un acto. 

Arsenio Lupin, comedia en tres actos (3. a edición). 

Nick Cárter, melodrama en seis actos. 

El señor Juez, vodevil en cuatro actos. 

La loca aventura, comedia en tres actos (3. a edi- 
ción). 

Los trovadores, comedia lírica en tres actos. 

íLa bella Riseta, opereta en tres actos. 

!El panal de miel, farsa cómicolírica en dos actos. 

La reconquista, vodevil en tres actos (2. a edición). 

Bridge, comedia en tres actos. 

El Diablo, comedia en tres actos. 

El segundo marido, vodevil en tres actos (2. a edi- 
ción). 

El tiburón, farsa cómica en tres actos. 

El grano de arena, vodevil en tres actos. 

Las superhembras, comedia en tres actos (2. a edi- 
ción). 

¡Tío de mi vida!, juguete cómico en tres actos. 

La melindrosa, sainete lírico en un acto. 

El País Azul, fantasía cómica en un acto. 

El amigo de las mujeres, comedia en tres actos. 

Pasa el lobo, drama en tres actos. 

¡Que no lo sepa Fernanda!, vodevil en tres actos. 

La extraña aventura de Martín Pequét, comedia 
en cuatro actos. 



La antigua Roma, sonetos (agotada). 
Cascabeles de oro, poesías (agotada). 



Obras de Luis de los Ríos. 



La invencible, pasillo cómicolírico en un acto. 

Un modelo, apropósito en un acto y en verso. 

La sultana db Marruecos, juguete en un acto. 

El espantapájaros, saínete lírico en un acto. 

Con las de Caín, zarzuela cómica en un acto. 

La romería del alcón, presentimiento cómicolí- 
rico en un acto (2. a edición). 

La japonesa, zarzuela cómica en un acto. 

El respetable público, revista en un acto. 

Yo puse una pica en Flandes, caricatura, en un 
acto y tres cuadros, del drama En Flandes se 
ha puesto el Sol (2. a edición). 

Mirando a la Alhambra, cuadro andaluz. 

La noche del baile, juguete cómico en un acto. 

Arsenio Lupin, comedia en tres actos (3. a edición). 

El panal de miel, farsa cómica en dos actos. 

Bridge, comedia en tres actos. 

El Diablo, comedia en tres actos. 

El segundo marido, vodevil en tres actos (2. a edi- 
ción). 

Nancy, opereta en tres actos. 

Las superhembras, comedia en tres actos (2. a edi- 
ción). 

La melindrosa, saínete lírico en un acto. 

El amigo de las mujeres, comedia en tres actos. 

Pasa el lobo, drama en tres actos. 

[Que no lo sepa Fernanda!, vodevil en tres actos. 

La extraña aventura de Martín Pequét, comedia 
en cuatro actos. 



El cabo López, aventuras (3. a edición). 
Palotes, artículos y crónicas (agotada). 
La conquista del planeta, novela de viajes (ago- 
tada). 
Amor, celos y vitriolo, novela cómica (agotada). 



Precio: TRES peseta